El mejor juego de mi vida

Siempre fui un niño travieso. En el colegio, mis compañeros que estudiaban no me querían pasar la tarea y en los trabajos en equipo siempre fui ese que llega a la presentación sin haber aportado nada.

Por supuesto que me sentaba en el fondo y confieso haber sido bastante molesto para mis profesoras y compañeros. Pero soy eso. Me gusta ser eso y me acepto siendo eso. Juego con lo que me dicen que no puedo jugar y rio de lo que me dicen que no puedo reír. 

Esas ganas de aventura, de mundos nuevos, de cosas divertidas, hicieron que en mi infancia vaya descubriendo y creando. Jugué muchísimo: A la mancha, a las escondidas, al poli-ladrón, al que salta más alto, al que corre más rápido, al que habla primero pierde, al fútbol tenis, a saltar la soga, a esconder cartucheras. Hice remo, rugby, natación, atletismo, fútbol, básquet, handball, vóley, esgrima. Pero ninguno de todos esos juegos me enseñó tanto como el juego que inventamos con Manuel. 

Recién nos habíamos mudado al barrio y en nuestro tiempo libre salíamos a caminar las calles. Jugábamos a ser una banda, a subirnos a los árboles para ver venir a los autos y así nos entreteníamos. Me acuerdo que charlábamos siempre de fútbol y de nuevos juegos de play. En su casa elegíamos los juegos de carreras, y le mentíamos a su hermanito dándole un control desconectado y diciéndole que él era el auto de la policía.

Fue una de esas tardes donde inventamos el mejor juego de mi vida. Las reglas eran muy sencillas: había que conseguir la mayor cantidad de “piquitos” posibles. Le decíamos piquitos a las tapas de aire que van en las ruedas de los autos  y que, justamente, impiden que escape el aire que infla la rueda y termine en un accidente.

Al principio, salíamos a buscar cualquier estilo. No nos importaba si era feo, si estaba rayado o si ya no funcionaba. Queríamos más piquitos. Con el pasar de las tardes, perfeccionamos técnicas y llegamos a crear una coreografía para conseguir los piquitos de los autos que estaban en espacios visibles en los que podíamos ser culpados de vándalos y apresados por tiempo indefinido.

La coreografía consistía de los siguientes pasos. Fingíamos una pelea. La pelea iba ganando intensidad. La gente nos miraba. En ese momento, cuando ya la mentira era tal que podía confundirse con realidad, uno de nosotros empujaba al otro. -Ahora- le decía a Manuel y yo caía al lado de la rueda del auto víctima. 

Poco a poco se fueron desdibujando los límites. La imaginación fue fuerza y la fuerza acción. El juego migró y el objetivo pasó a ser conseguir el piquito más extraño, el más extravagante, el que nadie pudiera imitar.

Eramos chicos, pero no idiotas, aprendimos a no confundir cantidad con calidad. Así, abrimos las puertas del juego a los piquitos plateados que, generalmente, estaban en autos más caros, los piquitos con detalles en azul o los dorados. Pero ninguno de todos esos. Ninguno de los que hasta entonces habíamos conseguido se acercaban al que tenía el vecino de la esquina de casa.

El vecino de la esquina es un hombre grande que vive solo. Suele venir los fines de semana y casi nunca se lo ve. La gente del barrio dice que es malo, que tiene los dientes marrones de tanto fumar y que no corta el pasto del jardín para que nadie vea lo que hace.

Vive en una casa fea. Tiene maderas que tapan las ventanas, pero que ya están negras del poco mantenimiento. La entrada de los autos es de adoquines de piedra y las cortinas que en un momento fueron blancas, se volvieron grises y con agujeros.

Sin embargo, el auto del señor vecino es hermoso. Es negro y viejo, de esos que aparecen en las películas de época. Siempre está impecable y en todas sus ruedas, lleva unas tapas de aire que dilatan pupilas. Son todas plateadas, brillantes y tienen un detalle en un gris opaco sobre la unión a las ruedas. De noche, la luna refleja en los piquitos y se forma un espectáculo de luces sobre la calle.

La tarde de un sábado que me había juntado con Manuel, volviendo a casa, ya con el sol bajando y el frío subiendome por las manos, tuve la oportunidad que estaba buscando. El auto del vecino estaba estacionado en la entrada de la casa y el mejor piquito de todos a tan solo tres metros de distancia. -Tiene que ser ahora-, dije y me olvidé del frío y de que en un rato sería la hora de cenar. Las luces de la casa estaban apagadas. Al señor vecino le gustaba vivir a oscuras, escondido, siendo amigo del miedo.

Sin pensarlo, me agaché rápido al lado una de las ruedas y empecé a girar el piquito para conseguir el premio más grande. – ¿De verdad está tan duro? -, volvía a mirar a la entrada de la casa oscurecida para ver si el vecino se asomaba. Giraba con todas mis fuerzas y no aflojaba ni un poco. 

En el cielo ya podía verse la luna, pero no me iba a dar por vencido. Enojado, me arremangué el buzo, me corrí el pelo de la cara y volví a intentar. Fue en ese momento cuando escuché el ruido. Había sido un golpe metálico, como si una chapa hubiera golpeado contra el piso. Paré un segundo y se me paralizó el corazón. El vecino había prendido una de las luces.

-¿Me vio? Tiene que saber que estoy acá. Si nunca prende las luces, ¿qué hago?, ¿qué hago? – Miraba el piquito. Miraba la casa. En mi pecho, el latido de mi corazón era cada vez era más intenso, parecía un caballo. Seguía girando con todas mis fuerzas, pero el piquito no se movía. Cuando escuché el crujir de la puerta abandoné la misión y empecé a correr sin mirar atrás.

Mi casa estaba sobre el final de la cuadra. Mientras corría, las luces reflejadas sobre la calle parecían dibujar un piano. Negro. Blanco. Negro. Blanco. Corría como nunca y parecía no avanzar, como en lo sueños, con la única diferencia de que esta vez el malo era real y estaba por salir a ver qué había pasado en la puerta de su casa.

Los metros hasta la seguridad de casa parecían interminables. Negro. Blanco. Negro. Blanco. Llegué agitado, sin aire. Miraba por la ventana temiendo que en cualquier momento aparezca el vecino con un cuchillo en la mano, su bigote de cigarrillo y sus ganas de vengarse.

Me senté al lado de mi mamá  que estaba en la cocina. Seguía inquieto. Pasaron varios minutos hasta que logré tranquilizarme. 

Ya con el corazón normal y la respiración controlada, me di cuenta lo que había pasado. Dejé caer mi cabeza sobre mis manos. No podía creerlo. Tan cerca de lograrlo y fallar así. Agarrandome del pelo la miré a mamá y le dije:

– Estaba girando para el lado equivocado, mamá.-

De aquel día a hoy, giro siempre todas las cosas primero hacia la izquierda.

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