Una sube y un chocolate

Llegó corriendo a la parada del colectivo. El 152 que lo iba a alcanzar de Núñez a Palermo estaba por arrancar. Buscó rápido en la billetera y sacó la SUBE para pagar el pasaje. Subió al colectivo justo cuando el semáforo cambiaba de color a verde. 

Afuera, Buenos Aires era víctima de esa lluvia ligera y tímida que enoja a los molestos, pero que hace que unos pocos se animen a mirar hacia arriba y dejar que sus cachetes se mojen con un poco de vida. La naturaleza delata a los soñadores.

Adelante suyo, una chica volvía a apoyar su tarjeta en el lector del colectivo. Saldo negativo. Llevaba una campera marrón, y una mochila azul con detalles en rosa. Saldo negativo.  Antes de darse vuelta, respiró hondo.

– Disculpá, ¿no me podrías pagar? No tengo nada de saldo. Gracias, mil, mil perdones

Él apoyó nuevamente su tarjeta. 47 pesos. Le alcanza para el viaje de mañana. Ni  bien se acomodó en el costado del colectivo que más le gustaba, ella sacó un billete.Te doy la plata. 

– No, no hace falta

– Tomá. 

-No, de verdad. 

– ¡En serio, tomá!

– No te preocupes. No pasa nada.

Cansada, guardó el billete de 20 pesos en su mochila. Él se apoyó contra la pared del colectivo y ella se sentó en las sillas que le dan la espalda al camino. ¿Acaso ir hacia para atrás no es una forma de empezar un camino también?

El aire húmedo que entraba por la ventana le pegaba de lleno en la cara. La miraba. El azul y el rosa no combinan con el marrón, pensó. Ella tenía la mochila puesta sobre sus piernas y la abrazaba con una mano. Con la otra jugaba a estar distraída mientras pasaba de foto en foto en Instagram.

El colectivo estaba prácticamente vacío. No era de esos horarios de amontonamiento humano. Así que, por suerte, podía sentirse en el aire la ausencia de esas caras de abogado que tiene que bajarse en plena 9 de julio y caminar hasta Florida con un traje a pleno rayo de sol. Pobres camisas, otras de las tantas víctimas de la pelotudez humana.

Ojos marrones, más bien marrón oscuro. Pelo negro. ¿De dónde vendrá?, a él le gustaba jugar a adivinar historias de la gente. Cuando sentía que llevaba mucho tiempo mirándola, se volvía rápidamente hacia la ventana. Las ruedas aplastaban el pavimento y dibujaban un sendero de grises a su paso.

Ella se acomodó el pelo dejando que caiga sobre su pecho. Seguía mirando la pantalla de su celular. Pretendiendo estar atenta a la publicación de una marca de ropa que vendía una remera blanca lisa por $3000 y que llenaba de emojis la descripción. El emprendedurismo contemporáneo.

Le daba vergüenza levantar los ojos, pero llegó un momento en el que tuvo que chequear la calle por la que estaban. Lo hizo muy rápidamente. Jose Hernández. Se levantó del asiento y fue hacia la puerta del colectivo para bajarse.

Lo había planeado. Él no estaba ni enterado. Con su mirar por la ventana, romantizando baches porteños no había percatado sus intenciones. Entre publicación y publicación, ella había encontrado la forma perfecta para agradecerle a aquel extraño que le había pagado el pasaje.

Cuando faltaban unos pocos metros para la parada, ya en la puerta, se sostuvo con una mano para no caerse, metió la otra en la mochila, dió media vuelta y, esta vez sin respirar hondo, le dijo:

– Tomá. Muchas gracias.

– No, en se-

– Tomá. Chau.

Las puertas del colectivo se cerraron y ella levantó sus brazos para intentar protegerse de la lluvia. No le había dado tiempo de reaccionar. No quería la plata, le molestaba la gente que devuelve favores con dinero, a veces, simplemente con un gracias y una sonrisa alcanza.  ¿Qué hago ahora con veinte pesos? Te ayudé porque tenía ganas”, dijo al aire, “ayer me pasó lo mismo a mí. No te ayudé para que me de…

Al ver el chocolate sonrío. Se sintió infantil y se quedó unos segundos así. Hipnotizado como cuando de chicos nos quedamos mirando como las olas en la orilla van enterrando nuestros pies en la arena. Cerró la mano y guardó el chocolate en el bolsillo derecho de su campera. Después de varias paradas, se bajó del colectivo y caminó algunas cuadras hasta su departamento.

Buenos Aires volvió a conocer la noche y, como todas las anteriores, fueron una pareja perfecta. Después de comer apagó la luz y se acostó en la cama. En su celular había puesto una serie para ver antes de dormir. No podía prestarle atención. No seguía los diálogos ni la trama. Voy a tener que ver este capítulo de nuevo, pensaba cada tanto. Comió el chocolate y dejó que el papel se caiga al piso. Mañana lo levanto, mintió.

Ella estaba sentada en su escritorio. La mochila azul con detalles en rosa estaba justo al lado de la puerta. Cuando terminó de leer, apagó la luz y se fue a dormir. Se fue a dormir sin saber que él, varios meses después, a muchos kilómetros de distancia, y con el recuerdo fresco como el primer aire de las mañanas de invierno, iba a escribir una historia sobre el poder de los detalles mínimos y cómo un día de lluvia tímida en Buenos Aires puede transformarse en algo memorable por una simple SUBE y un simple chocolate.

Podés escuchar el cuento haciendo click acá arriba.

También podés escucharlo en YouTube o Spotify

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