Mi Abu

“Hola Tito”, suena la voz de mi abu al otro lado de la línea cada vez que la llamo por teléfono. Siempre lo hace con una pequeña entonación hacia el final de la frase y estira un poco las letras. “Tiiiito”. Creo que eso denota cariño.

No es que la llame tan seguido, pero cada vez que me encuentro caminando o haciendo alguna cosa y pienso que sería un gran momento para aprovechar y hablar con mi abu, lo hago. Es muy sencillo. No me cuesta nada y en su voz puedo notar que a ella le cambia el día.

Normalmente, al principio de la conversación hablamos de cómo está, de que está haciendo y después, inevitablemente, llega el momento de la mentira. Mi abu es una grandísima cocinera, supongo que como las abus de la mayoría. Entre sus platos más tentadores creo que puedo destacar el guiso de lentejas, con chorizo colorado como corresponde- cualquier otra versión de guiso se gana su cara de desprecio -, la calabaza rellena y una gran variedad de salsas en las pastas que me vuelven loco. 

Es por eso que la mentira tiende a estar relacionada con la gastronomía. La interrumpo un poco mientras me pregunta por mis cosas, pongo mi mejor voz de serio y le digo algo parecido a lo siguiente:

⁃ Abu, te tengo que hacer una pregunta

⁃ “A ver, decime”, me responde ella. Siento que en ese momento se prepara para lo peor. Repasa en su cabeza rápidamente todas las respuestas posibles a lo que fuera que le vaya a preguntar. Recorre anécdotas, historias, recuerdos, chistes. Mi abu siempre está preparada.

⁃ ¿Vos sabés qué pasa si uso la salsa de tomate que tengo vencida en la heladera?

Primero se me ríe. Muy fuerte. Tiene una voz ronca de tabaco que la caracteriza. Como si el aire que suelta fuera raspando contra las rispideces de la piedra en un acantilado. Qué lindo poder hacer reír a mis abuelos, pienso sin confesarle nada. Después, con algunos remanentes de la carcajada, suelta un “Ay Mateo” un poco incrédula de lo que le pregunto y finalmente, me responde.

  • ¿Pero cómo vas a ponerle salsa de tomate vencida a la comida? ¿Vos estás loco?

Travesura cumplida. Ella creo que no lo sabe, pero cayó en la trampa. En mi trampa. Ahora la charla casual de día de semana con mi abu va a durar por lo menos cinco o seis minutos. Seguramente se extienda un poco más, pero esos cinco o seis minutos tengo asegurados y no me los quita nadie.

Nunca escucho la respuesta. No me doy mucha maña con la cocina, pero la teoría la tengo. Es fácil, cuando el agua hace burbujitas, está hirviendo, las salchichas ya vienen cocidas por lo que solo hay que calentarlas y si sale un poco de humo del horno significa que otra vez voy a tener que pedirme pizza de delivery.

Pero lo que si escucho es su voz. Escucho esa melodía que espero no olvidar jamás. Al mismo tiemp la escucho cantandome canciones de cuna, la escucho festejando por verme ganar, la esucho angustiada por verme sufrir y la escucho rezando porque todos sus nietos tengan salud y muchísimo amor.

Pasan los días y la dinámica se repite:

⁃ Abu, me queda un poco de arroz, un par de huevos y pollo de anoche. ¿Qué puedo hacer?

⁃ Hacete un arroz cubano”, me dice y pasa a detallarme paso a paso cómo tengo que hacer para prepararlo. “Es importante la cocción del huevo”, me explica. Cuando haces arroz cubano es indispensable que la yema del huevo termine empapando a la cama de arroz debajo del plato. Le agrega sabor y, además, de no hacerlo, el arroz termina solo siendo arroz. Y solo arroz no es comida que la gente elija.

Otra vez cayó en mi trampa. No tengo ni arroz, ni pollo y me acaba de llegar la notificación de que mi hamburguesa está en la puerta. No importa. Otros seis minutos para el recuerdo.

Jamás anoté ninguna receta, jamás cociné arroz cubano y, por supuesto, nunca volví a meter comida descongelada en el freezer. Se habrán dado cuenta que sólo llamo a mi abu por una cosa: para hablar con ella. Quizás, porque escuchar su voz y transportarme a sus canciones de cuna, a sus mimos y a ver Tom & Jerry juntos en la cama los sábados por la mañana, me de seguridad, me de las certezas que no tengo y me ayude a encontrar respuestas.

Lo que hasta ahora no conté es que hay un momento de todo el procedimiento que me da mucho miedo. Un pensamiento inevitable que me aterra, que no me deja dormir y que me muchas veces me provoca el llanto. Después de apretar el botón de llamada del teléfono y mientras escucho el sonido de la línea conectando tengo terror de que el “Hola Titooo” de la semana pasada haya sido el último.

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