Charlando con Maite

¡Podés escuchar el cuento en Spotify!

Uno tarda en darse cuenta, normalmente, cuando aprende algo nuevo. A veces, es necesario que pasen algunas semanas para incorporar lo novedoso, para dimensionar qué fue lo que aprendimos y cómo. Este texto cuenta la historia de un aprendizaje.

Todo empezó hablando con Maite. Para los que no la conocen, Maite es de esas personas de charla fácil y sincera, esas conversaciones que valen la pena tener y que te sacan de la vorágine diaria y aburrida en la que nos encontramos muchas veces. Su nombre es de origen vasco y además de tener el don de facilitar la charla hasta aquellos a los que nos cuesta decir las cosas, tiene una sonrisa extremadamente contagiosa.

Era de noche. Estábamos sentados en una mesa de madera en uno de los tantísimos bares que venden cervezas artesanales y que a las papas con cheddar le ponen como nombre la clave del éxito de la gastronomía actual: sumarle a la palabra “papas” el nombre del local.

No me acuerdo muy bien de qué estábamos hablando, pero sí tengo la certeza de que eran preguntas raras. “¿Cuál es tu comida favorita?”, “¿Qué superpoder elegirías?”, “¿Si pudieras viajar en el tiempo, pero cada vez que lo hagas desapareciera para siempre algún conocido tuyo, lo harías?” Estoy convencido de que las mejores charlas de la humanidad arrancan con ese estilo de preguntas: las que verdaderamente responden quién sos, las que muestran tu esencia y no se quedan en lo absurdamente superficial que es preguntar qué estudiaste, si hiciste un master o de qué laburás.

De repente, entre murmullos, alguna banda de rock alternativo que sonaba de fondo y muchos platos con papas y cheddar, terminamos hablando de libros. Ella me contaba algo sobre Expiación, una novela romántica que había leído hace un tiempo y que más adelante me iba a compartir. Yo la escuchaba atentamente mientras le daba algunos sorbos a mi cerveza roja.

Cuando Maite terminó de comentar lo fabuloso que le parecían los diferentes puntos de vista que propone la novela y cómo un mismo hecho y su significado dependen exclusivamente de cómo se lo mire, fue mi turno. Dejé el vaso a un costado y me puse a hablar de diferentes libros que me habían gustado o que había leído hace poco. Pasé por García Márquez y su himno al amor idílico, algunas novelas de suspenso, El libro de los abrazos de Galeano y terminé, indefectiblemente, en El Principito. A esta altura de la charla ya los demás en la mesa empezaron a prestarnos un poco más de atención.

Casi que fue un fluir de conciencia. Nunca había llegado a esa conclusión sobre el libro y tampoco me imaginaba hacerlo en medio de una cervecería, pero las revelaciones, como la gran mayoría de las cosas que nos atraen, son inesperadas y ocurren en los momentos menos pensados: en la ducha, en el auto, en los sueños y en las charlas con Maite.

Lo que dije o lo que encontré, palabras más, palabras menos, fue que uno de los tantos mensajes del libro es que si El Principito no viajara de planeta en planeta, si no tuviera la curiosidad de descubrir y si no se lanzara hacia lo desconocido, no habría Principito.

Fue así, sin quererlo, que descubrí que la esencia del libro, y no solo del libro, pienso ahora, es el viaje. Entiendan viaje como tengan ganas de entenderlo. No hace falta moverse físicamente de un lado a otro para estar efectivamente viajando.

Maite se quedó pensando sobre lo que le acababa de decir. Inmediatamente me dijo que ella estaba hablando conmigo porque en algún momento de su vida, había decidido cambiar de planeta y dejar Corrientes para mudarse a Buenos Aires.

Pasamos de libros a equipos de fútbol, a debates sobre ciudades, a la mejor forma de responder una historia en Instagram. La noche se fue apagando y ya sin la música del rock alternativo de fondo cada uno fue para su casa.

Ya pasaron varios meses de aquella charla. Por suerte, seguí riendo y debatiendo con Maite sobre muchas cosas. Ahora cada vez que pienso en el principito, pienso en el viaje. En su viaje y también en el mío, obvio. Pienso en cómo cada uno de nosotros es un pequeño principito perdido en un mundo inmenso de historias, preguntas y cuentos. En como cada uno tiene su rosa y la cuida a su manera, en como algunos deciden quedarse en tal planeta, mientras que otros escapan a buscar nuevos. pienso que las posibilidades son infinitas, infinitos caminos, infinitos planetas.

Quizás lo que más me guste de aquella charla sea el haberme dado cuenta de que sin viaje, no hay Principito, que sin charlas, no hay historias y que sin historias no hay nada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s