El sol hace click

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Estábamos nosotros dos solos. Creo que de la mano, seguramente de la mano. El ruido constante de las olas del río nos proporcionaba un ambiente tranquilo. Era como si pudiéramos escuchar la exalación profunda del río con cada movimiento del agua. Algunos autos pasaban a nuestras espaldas, pero no les prestábamos mucha atención. Podía pasar cualquier cosa atrás mío, pero yo no me iba a dar vuelta. No podía dejar de mirar lo imponente que me parecía el sol y su paralizante reflejo naranja sobre las aguas del Río de la Plata.

-¿Falta mucho, pa?-, le pregunté a mi viejo mientras lo miraba desde abajo. Pasaron muchísimos años desde aquellas tardes y todavía sigo mirándolo igual. -En un ratito-, me respondió y esperó a que vuelva a mirar hacia el atardecer para hacer el ruido. Todavía podía verse un poco del sol por encima del agua, pero fue ahí cuando lo hizo:

Click!

Me puse como loco. -¿Lo escuchaste papá? ¡Hizo click!- Mi emoción era tanta que me puse a saltar de la alegría. ¡No podía creerlo! Otra vez había escuchado al sol hacer click cuando terminaba el día. Miraba para mis costados tratando de adivinar si alguien más había podido sentir el ruido del sol al desaparecer en el horizonte. Quería compartir mi alegría con alguien. No podía ser que sólo mi papá y yo lo hayamos escuchado.

Nos quedamos un rato más contemplando lo hermoso de lo cotidiano y dejando que lo cotidiano nos contemple a nosotros. Cuando ya estaba un poco oscuro mi papá me dijo que teníamos que irnos que hacía frío y mi mamá nos estaba esperando en casa.

Caminamos de la mano hasta llegar al departamento. Mi mamá estaba en su cuarto y ni bien crucé la puerta fui corriendo hasta su cama para contarle que otra vez había visto el atardecer y escuchado como el sol hacía click cuando desaparecía detrás del agua del río. Mi mamá se reía por la emoción con la que le contaba lo sucedido. Me sentía afortunado.

Así lo hicimos muchísimas veces. La rutina de ir a ver el sol hacer click con mi papá se repetía bastante seguido. Con el tiempo empezaron a sumarse mis hermanas a la aventura. La gente aumentaba, pero a mi papá nunca le faltaron las manos para que todos podamos disfrutar del momento. Fueron pasando los años, nos mudamos, nos alejamos del río y después nos volvimos a acercar. Nunca dejamos de ir a ver el atardecer.

Ya un poquito más de grande la curiosidad, en ocasiones enemiga de la fantasía, me llevó por un mal camino y descubrí mirando de reojo que mi papá era el que hacía el ruido. Qué idiota, pensaba. ¿Cómo iba a ser posible que un pedazo de fuego gigante que está a no sé cuántos años luz de distancia hiciera click y yo alcanzara a escucharlo desde la orilla del Rio de la Plata? Ridículo. Me sentía triste, traicionado.

Por momentos pensaba en decirle a mi papá que había desenmascarado su mentira, que sabía que me estaba engañando y que sospechaba de que ése era solo uno de sus tantos trucos. Pero no le dije nada. Hoy me doy cuenta que la razón principal por la que no le dije que lo había visto hacer el ruido era porque quería que me siga dando la mano. ¿Cuántas cosas más habrás inventado solo para disfrutar de unos segundos de la mano con tus hijos?

Llevándome a ver el atardecer, entre tantas otras cosas, mi papá fue fomentando en mí la observación, el valorar los detalles, el entender que pase lo que pase, tenga el peor día del mundo o el mejor de mi vida, acompañado o solo, el sol va a seguir estando ahí. Haciendo click para todos los que quieran escucharlo.

Es el día de hoy que cuando tengo tiempo, me quedo unos segundos apreciando el atardecer. Mirando fijamente al sol y recordando aquellas tardes de la mano con mi papá hace algunos años.

No sé qué va a ser de mí de acá a unos años. No sé dónde estaré ni con quién, ni cómo ni por qué. Hay muchísimas variables que interfieren en nuestro día a día. Quizás no nos damos cuenta, pero una elección hoy puede definir nuestros próximos años. ¿Acepto esa oferta laboral? ¿Renuncio a lo que verdaderamente tengo ganas de hacer por una oportunidad que se me acaba de presentar? ¿Le digo que sí? ¿Le escribo y le cuento lo que me está pasando? Infinitas preguntas definen nuestro futuro con cada movimiento del segundero del reloj.

No tengo muy en claro cómo responderé a cada de una de ellas, pero sé que seguiré mirando el atardecer. El día que el reloj no le haga más preguntas a mi papá el sol tendrá el atardecer más lindo de su historia. La respiración del río será más pausada y se podrán escuchar algunos sollozos entre el sonido de las olas.

Cuando quede apenas un poquito del sol por encima del agua me secaré las lágrimas, miraré al horizonte, cerraré con fuerza mi mano izquierda fingiendo tener la mano la de mi papá sobre la mía. Me quedaré así algunos instantes hasta que finalmente tome el valor necesario para decir una sola palabra:

Click.

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