Soledad

Hace cuatro días que como solo. Al parecer, a la gente le llama mucho la atención ver a una persona cenando sin compañía. Entre al lugar que entre soy el extraño dentro de esas paredes. De hecho, hay dos chicas sentadas a mi izquierda que entre mordisco y mordisco, dedican algunos segundos a mirarme.

Seguramente se estarán preguntando por qué estoy solo, si me dejó mi novia, si me escapé de casa o si me estoy escondiendo de alguien. Las preguntas de la soledad. Hay una probabilidad muy baja de que estén pensando que estoy escribiendo sobre ellas. Qué divertido, pienso. Y qué aterrador, termino de completar mi pensamiento. Una de ellas se da cuenta de mi mueca de risa y asombro después, y me refugio inmediatamente en la lapicera sobre el papel.

Lo que ellas, y el chico al que le pedí la comida, no saben es que estoy solo por elección. Elegir. Un abismo de diferencia, de oportunidades, de caminos. No todos tenemos la opción de elegir. Ellas ya van por la mitad de su plato de papas fritas. Se pidieron cerveza y, al parecer, están hablando de temas importantes. La que está más cerca mío es la que escucha y emite opiniones mientras que la otra es la que cuenta su situación.

¿Se inquietarán al verme escribir? Las cosas que salen de lo normal incomodan. Ya era demasiado con la soledad, si a eso le sumo que estoy anotando las cosas que pienso sobre un cuaderno con manchas de café la escena se transforma en una película casi que de terror, suspenso. Esas que te hacen odiar profundamente al protagonista por su capacidad para hacer el mal a la pareja de amigas que simplemente estaba cenando en un bar.

Para mi también sale de lo normal. Es la primera vez que me pongo a escribir en un lugar público. Me siento un poco vulnerable. ¿Y si pueden darse cuenta de lo que escribo? Me daría muchísima vergüenza. Acomodo el cuaderno para que les sea aun más difícil llegar a ver lo que mi tinta azul va trazando sobre las hojas aunque ya era imposible. La idea de que en algún futuro la gente venga a visitar este lugar sobre Vuelta de Obligado y Echeverría solo por el hecho de que este cuento fue escrito acá hace que me ría un poco. Mi Cafe Tortoni.

Me llegó la comida. La hamburguesa está bien. Las papas, un poco frías. Ahora también me mira el grupo de amigos que está cerca de la puerta. Son tres. Interrumpen sus risas para poder ver lo que estoy haciendo. Definitivamente, lo poco normal incomoda. “¿Será alcohólico?”. “Seguro lo dejó la familia”. “Qué manera de pasar un viernes”. Casi que puedo escuchar lo que dicen sus ojos. No los juzgo. No estamos hecho para estar solos.

Afortunadamente, estoy a 650 metros de una cama calentita, un par de risas y un abrazo. Si quisiera podría agarrar el celular y llamar a mi abuela, volverme a mi casa o pasar a saludar a algún amigo con tan solo un mensaje de WhatsApp. Tengo muy cerca la compañía. Pero mi caso no es el de muchos.

Agarro la cerveza y termino lo poco que quedaba en el vaso. Miro hacia la plaza que esta frente al bar y pienso lo injusto que debe ser cuando la soledad no es una elección, cuando a 650 metros también hay frío y silencio, cuando no hay oídos que escuchen y mucho menos abrazos que contengan. Golpeo la mesa con la lapicera antes de cerrar el cuaderno y salir del bar. Escribo las últimas líneas. Qué devastador, qué feo y qué ridículamente triste cuando no hay respuestas para las preguntas de la soledad.

3 comentarios sobre “Soledad

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