Me baño de noche

El baño de mi casa es normal. Inodoro, bidet, ducha, gancho para colgar la toalla y fin de la lista. Todas las paredes son blancas. El único color que alcanza a interrumpir la monotonía de la habitación viene de ocho azulejos que están ubicados al lado de la puerta. La escena es casi triste. De hecho, hasta hace un tiempo pensaba que me baño de noche para evitar verla con mayor claridad y así ahorrarme las penas, pero estaba equivocado. Me di cuenta que elijo bañarme de noche porque cada vez que lo hago sucede algo mágico.

Lo que hasta ahora no conté es que en la pared del baño que da al balcón hay una ventana. Tampoco es la gran cosa. El marco es de color gris clarito y a pesar de que a mi mamá mucho no le guste, a mi me parece bien aprovechar la ubicación de la ventana para apoyar el shampoo y el jabón. Creo que mide cuarenta centímetros de ancho y casi sesenta de alto. No estoy seguro porque la medí con la mano y nunca tuve en claro la equivalencia de mi mano en centímetros. Claro que no es grande, es una ventana común, pero mide lo que tiene que medir.

Ya cuando llevo algunos minutos en la ducha es que empieza el evento. Mi reloj no resiste al agua así que supongo que deberá ser alrededor de las nueve y cuarenta, no lo sé exactamente, pero en algún momento de mis baños por las noches, la luna decide arbitrariamente posarse justo en el medio de la ventana. La coincidencia lo hace maravilloso, y notar lo azaroso de la situación todavía más. Podría estar bañándome en otro momento, estar viendo la televisión o simplemente estar tirado en la cama, pero estoy ahí, mirándola y ella mirándome a mí.

Es mágico. A veces se me muestra completa, blanca, gigante y otras, aparece tapada por alguna nube. En cualquiera de las dos situaciones no puedo evitar quedarme en la misma posición mientras el agua sigue recorriendo mi cuerpo. Siempre se mueve rápido. Nunca se queda más que cinco minutos, pero no me quejo. Dura lo que tiene que durar. Con el tiempo entendí que lo eterno pierde la belleza de lo efímero.

¿Nos quedaríamos mirando el atardecer si durara ocho horas? ¿Sentiríamos cosquillas si ese abrazo que cada tanto necesitamos durara más de algunos segundos? ¿Besaríamos con tanta pasión si supiéramos que ese primer beso puede volver a repetirse una y otra vez?

Nos gusta lo que dura poco. Nos atrae la incertidumbre de no saber la duración exacta de lo que nos hace bien. Es por eso que la luna en el centro de la ventana del baño me llama tanto la atención. Hoy está, mañana quizás no. ¿Cuánto tiempo va a quedarse ahí quieta para que pueda verla? Sé que la respuesta a esa pregunta no es “siempre” y eso lo hace lindo.

El tiempo que la luna se queda exactamente en el centro de la ventana me es el justo. No necesito más. Esos pocos minutos me alcanzan para llorarle cuando me siento triste y no me animo a mostrarlo, cantarle alguna canción si me siento inspirado y hasta puedo leerle poemas que escribo y que nunca nadie va a escuchar.

La luna a la distancia y a través de la ventana me siente, me ve. Es testigo de mis ideas más locas y es cómplice del nacimiento de varios cuentos. A veces le hablo y le explico que necesito que mis abuelos duren un rato más, y que quiero que a mis hermanas nunca les falte la razón para sonreír. Es por eso que me baño de noche. Porque a veces, si miramos bien, la respuesta a muchas cosas puede estar en la luna a través de una ventana.

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