Chau

Ya cuando paraba la contra de sexta y respondía derecho al torso de mi maestro sabía que iba a ser la última vez. Mi cuerpo me lo estaba diciendo. Una decisión que había tardado aproximadamente nueve meses en tomarse se materializaba en tan solo una milésima de segundo: el click de la punta de mi florete.

Estabamos solos en la sala de armas de GEBA. Ya era tarde y se habían ido todos los atletas. Esa era mi misa: mi maestro, mi florete y el silencio de la sala que nos abrazaba, interrumpido únicamente por el diálogo de nuestras hojas.

Mi maestro también podía notarlo. Era una clase extraña. Mis respuestas no estaban rápidas, mi puntería estaba errada, estaba lento, molesto. No me acuerdo en cuál, pero en alguna de las acciones que estaba haciendo me largué a llorar. Estaba viviendo lo que iba a ser mi última clase de esgrima.

Casi que en un suspiro podía escuchar los gritos de aliento de mi abu en los tantísimo asaltos que me habían llevado a la situación en la que ahora me encontraba. También escuchaba a mi abuelo: “Vos tenés que ser cómo un gato”, me explicaba cada vez que hablábamos de esgrima, “siempre agazapado para dar el golpe”.

Toda mi historia, mis gritos, mis fotos, mis hazañas y mis derrotas se condensaban en un mismo momento, un mismo lugar. Los apoyos incondicionales de mi familia, los récords que rompimos junto con mi equipo nacional, las madrugadas frías caminando a diferentes torneos en todo el mundo.

Yo seguía reaccionando a las intenciones de mi maestro, pero sabía que estaba presenciando la crónica de un final anunciado. Lo hacia sin ganas. Mi carrera deportiva llegaba a su fin en esos casi treinta minutos de clase.

El año había arrancado como cualquier otro. Me sobraban las ganas, la pasión, la fuerza. Igual que cada cosa que arranco. Con el transcurso del tiempo algo empezó a cambiar. Sentía que se cumplían ciclos, que mi etapa como atleta, como deportista, como representante de mi país, estaba llegando a su fin. Lo sentía en los entrenamientos, lo sentía yendo a los entrenamientos y hasta lo sentía en el suave roce del traje con mi piel.

Ya van casi diez meses desde aquella última contra de sexta y derecho al torso de mi maestro. Es la primera vez que me siento a escribir sobre algo a lo que quise, quiero y voy a querer tanto. El duelo ya está hecho. No tengo reclamos, reproches ni quejas. Acá estoy. No me quedó nada. Me fui contento, con la cabeza en alto, orgulloso y feliz. Como hay que irse.

Mirando para atrás puedo decir que hice todo lo que quería hacer. Gané los asaltos que quería ganar, conocí los países que quería conocer, escuché mi himno dónde, cuándo y cómo lo quería escuchar. Además, mis abuelos me vieron campeón, mi viejo me abrazó como nunca en cada oportunidad que tuvo y hasta creo que mi mamá se emocionó con alguno de mis asaltos. Me enamoré y me enamoraron. Hice todo.

Quizás lo único que me lamente sea un último baile. Una despedida acorde a la relación. Siento que me faltó una última fiesta, un último grito, un último sentirnos. Sé que todo lo que viví adentro de la pista y con la careta puesta me va a acompañar toda la vida, pero me hubiese gustado escribir un final de la misma forma que hice y hago todo: con mi mano.

Esgrima: no te extraño, te recuerdo. Te llevo y te voy a llevar dónde vaya. Te agradezco por todo lo que hiciste por mí, por todo lo que me enseñaste y por cómo lo hiciste. Deseo de corazón que te sigan queriendo y disfrutando de la forma en la que yo lo hacía. Ojalá no te dejes guiar por los que solo abusan de tu valor y te quedes con los que verdaderamente están con vos por que lo sienten, por amor.

El reloj marcó las diez de la noche y saludé a mi maestro. Lo abracé, me saqué el guante, guardé el florete y fui a sentarme al centro de la sala. Todo era por última vez y lo sabía. Cerré los ojos. Dicen que antes de partir vemos en cámara rápida nuestra vida. No sé si será cierto. Lo único que sé es que en aquel momento estuvo presente toda mi historia como deportista. Desde la primera vez que agarré un palo de madera fingiendo que era una espada, hasta la vez en la que ese palo de madera se convirtió en la hoja de un florete que llevó mi bandera hasta lo más alto de un torneo sudamericano.

En fin, seguiré entrenando, creciendo, seguiré gritando cada vez que gané y corrigiendo cada vez que pierda. Seguiré siendo el mismo que entraba a la pista, el que lloraba con el himno y el capitán de mi equipo. Haré lo que hacía de la misma forma. No cambiará nada. Seguiré haciendo esgrima, solo que sin florete. Chau.

2 comentarios sobre “Chau

  1. Como siempre, me arrancaste más de una lágrima.
    Pero si de algo estoy absolutamente segura es qué sea el que sea el camino que elijas,siempre vas a escuchar mi voz,gritando ESA TITO!!!!
    Y que NUNCA dejarás de ser MI ORGULLO.

    TE QUIERO TIITO!!!!!!

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