El tiempo en las cosas

Me parece que sucede algo extraño en los corchos de los vinos, en las entradas de teatro, en las cartas. Es como si la experiencia entera, la noche en la que el corcho se despegó de la botella, el momento en que aquella mano decidió agarrar un lápiz y comenzar a escribir, la unánime ovación de pie en la sala de teatro, se encontraran condensadas en un mismo elemento. La belleza de lo simple. Un corcho capaz de transportar risas y anécdotas de un lado al otro en el tiempo cada vez que alguien lo agarra y recuerda.

Nunca entendí mucho a Borges. En realidad, no lo leí demasiado como para entenderlo. De todas formas, en las pocas páginas que pude hojear, creí entender lo siguiente. Borges, en las primeras líneas de su texto “La historia de la eternidad”, explica que la eternidad no es la continuidad del tiempo de manera indefinida. No es que exista el pasado, que sea presente y que haya un posible futuro, no. La eternidad es en el sentido que todos los tiempos son en el mismo momento.

Así, conviven en cada instante todos los pasados, todos los presentes y todos los futuros. Escribo esto mientras paseo de un dedo a otro un corcho que me robé en una fiesta en la que la pasé muy bien. Según Borges, entonces, en este mismo corcho que ahora está entre mi dedo índice y mayor, están también todos los corchos anteriores y todos los que están por venir.

Lo que creí entender es que, por ejemplo, vos que estás leyendo este cuento, fuiste hace mucho tiempo una persona que no conociste y esa persona que no conociste es ahora vos. Porque ambas son personas y en ambas hubo, o hay, o habrá tiempo.

Algo similar me parece que sucede con las cosas que absorben historias en un tiempo y las replican cada vez que alguien las mira en otro. Son expresiones materiales de recuerdos. Objetos que conducen de un lugar a otro momentos, historias, risas, llantos y hasta algunos besos.

Hace mucho tiempo, por tomar un ejemplo, un vaso de Starbucks se convirtió en una declaración de amor. Le pedí a la chica que me había preguntado mi nombre si podía cambiarlo y en vez de poner el mío, poner el de ella: la chica con la sonrisa más linda que jamás vi. Lo hizo. Y así, de un momento a otro, un pedazo de cartón con un líquido demasiado dulce adentro, pasó a ser eterno.

Ese cartón que hubiera terminado en un tacho de basura, se convirtió en historia, se convirtió en experiencia y además, pasó a compartir la eternidad con cada declaración de amor jamás hecha y todas las que están por hacerse. Cada vez que yo recuerde ese vaso de Starbucks, me voy a acordar de ella, de las veces que reímos, de cómo reímos y de por qué reíamos.

Hace poco, otro ejemplo, una entrada de teatro se convirtió en esperanza. La cadenita que uso, poco tiene que ver con lo religioso. Me la regalaron mis abuelos hace ya varios años. Si alguna vez me ven haciendo la señal de la cruz, tocando la cadenita o dandole un beso, no es por el sentido bíblico del gesto, es por saludar a mis abuelos, les estoy haciendo una caricia a través del tiempo, los estoy llevando conmigo a la eternidad de mis momentos.

Aprendí entonces, antes de entender del todo a Borges, que el tiempo fluye en las cosas. Que en cada una de las cosas vive una historia, una risa, un mensaje. Quizás es por eso que me gusta guardar corchos de vinos que me hicieron feliz, quedarme con entradas de teatro que en su momento me regalaron piel de gallina y también guardar las cartas que alguna vez me escribieron.

En las cosas viven momentos. El momento en que se acabó aquel vino y decidimos quedarnos hablando y riendo sin importar el tiempo o el día, el momento en qué la invitación al teatro fue aceptada y el momento después del teatro, dónde la invitación cobró sentido. El momento en que leí esa carta y el momento en que supe que la que escribí fue leída.

El tiempo se queda dentro de las cosas. Atado. Quizás con nosotros suceda algo similar. Quizás dentro nuestro convivan las risas que regalamos, las personas que conocimos y los lugares que visitamos. Después de todo eso somos: momentos.

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