Carta a Jemill Gonzalez

Si le vas a dar play, cerrá los ojos.

Jemill González no dijo ni una palabra durante toda la presentación. Hace aproximadamente unos cuarenta minutos había entrado en una de las tantas salas de reuniones del tercer piso de las oficinas y había elegido sentarse en la primera fila. Unos segundos antes de entrar, se había acercado a una de las ventanas y había mirado asombrada la vista. Podía verse toda la ciudad de Buenos Aires. La Avenida Corrientes se abría como un río frente a sus ojos y en el fondo podía ver el Obelisco.

Tenía puesto un buzo de color gris con un estampado en la parte de adelante. Sus medias eran súper coloridas y del cuello le colgaba, además de su collar clarito, la credencial con la que se había registrado para entrar a Google. Era la primera vez que entraba a las oficinas de la empresa, así que pueden imaginarse su entusiasmo, sus ganas de absorber todo lo que pueda mientras durara la visita.

En un par de sillas rojas y grises cerca suyo, sus compañeros no dejaban de gritar y de pelearse por hacer el comentario más divertido ante cada oportunidad de interacción con nosotros. “¡Profe! ¡Profe!”, me gritaban desde la tercera fila. Nunca me habían llamado así. La banda de pequeños atorrantes compuesta por Lucas, Eduardo y Bryan interrumpían todo el tiempo para poder ganarse los caramelos que ofrecíamos como incentivo.

Jemill seguía sin emitir palabra. Sus ojos prestaban atención a la pantalla donde mostrábamos lo que habíamos preparado para la sesión. Tenía las manos en los bolsillos de su pantalón y se recostaba sobre la silla. Podía notarse que su personalidad era un tanto introvertida, vergonzosa.

Jemill, Lucas, Eduardo y Bryan, junto con todos sus compañeros de la Escuela Nº11 de Buenos Aires habían llegado a Google para una charla sobre seguridad en internet que se da a niños de escuelas que participan del programa de Enseñá por Argentina.

Enseñá por Argentina es una organización independiente que busca transformar el sistema educativo y generar igualdad de oportunidades para los estudiantes de los contextos más vulnerados. Lo que hacen es reunir docentes de diferentes niveles para que den clases en comunidades educativas y potenciar a los estudiantes, dentro y fuera del aula.

Era mi primera charla de este estilo y estaba junto con dos compañeros de la oficina: Vicky y Martín. Todo venía muy bien. Habíamos hablado de cómo proteger los datos personales, sobre las contraseñas más comúnes y de engaños recurrentes que suelen darse en el uso de internet. Lucas ya tenía tres caramelos, Eduardo uno y Bryan cinco. Jemill ninguno.

“¿Preguntas?”, dije, y así anunciabamos el final de la presentación. La pantalla se iluminó con un color azul intenso. Logicamente, nadie preguntó nada durante los primeros segundos. Todos sentimos esa vergüenza alguna vez. Pasar al frente, dar un oral, hacer una pregunta cuando el “profe” te sugiere hacer preguntas. De ninguna manera.

En medio del silencio, la mano derecha de Jemill salió lentamente del bolsillo de su pantalón. Medio como en forma de puño, Jemill alzó su mano y esperó a que la interpelara para poder preguntar. “¡Por acá! Tenemos la primera pregunta”, le dije a la atenta escucha de los casi treinta chicos de Enseñá por Argentina. Jemill apenas modificó su postura.

“¿Y ustedes cómo se sintieron cuando entraron a Gugle?”, su voz era muy bajita. Yo me había arrodillado y pude mirarla fijo a los ojos mientras hacía su pregunta. En aquel momento supe que ese mismo día a la noche iba a estar escribiendo la historia de Jemill. Lo hice con lapicera y sin ninguna pausa. Jamás me había pasado algo similar.

Me quedé un momento en la posición pensando todo lo que me gustaría decirle. No fue una pregunta vaga, no fue una pregunta más. Sentí que sus palabras escondían muchísimo más que lo que dejaban ver. Me levanté y comenté rápidamente mi experiencia. Lo mismo hicieron Vicky y Martín. Las miradas de la banda de atorrantes nos presionaban para que dejemos de hablar y vayamos a dar la vuelta por la oficina y ver dónde estaba la PlayStation 4.

La visita terminó. Después de una hora y media, los chicos se subieron al micro escolar que los había traído hasta Puerto Madero y volvieron para la escuela. A mi me seguían dando vueltas un montón de preguntas. Jemill había movido algo dentro mío con tan solo nueve palabras. Volví a casa y me puse a escribir:

Querida Jemill,

No sé si algún día vayas a leer esto. Espero que sí. Te agradezco muchísimo, muchísimo por tu pregunta. Agradezco el tono en el que la hiciste, agradezco que me hayas mirado a los ojos mientras la hacías y te agradezco, fundamentalmente, por todo lo que me generaste con esas nueve palabritas.

No sé quién tiene la culpa, Jemill. No sé por qué es así, ni cómo hacer para cambiarlo. Hay tantas cosas que no entiendo. Es injusto. Verlos a todos ustedes juntos en la oficina me hace preguntar muchísimas cosas. Sus ojos llenos de ilusión, de esperanza, de alegría. Pensar en eso y después pensar en la realidad. Pensar que para muchos esa va a haber sido la única vez dentro de las oficinas de Google. ¿Por qué? ¡¿Por qué?! Me enoja muchísimo, me da bronca, me dan ganas de llorar. Quiero cambiarlo, quiero volver a verlos, quiero estar yo sentado en una silla roja escuchando tu historia, Jemill, escuchándolos a ustedes.

Me duele saber que algunas de esas miradas van a perder la alegría, que las van a lastimar, que les va a ser difícil. Me duele que a veces la infancia tenga que ser tan dura. Me duele Argentina.

No lo sé, Jemill. Esperemos que algún día cambie. Hay mucha gente ayudando para que eso suceda y vos estás cerca. Siento que estás en el camino correcto. No lo dejes, no lo abandones. Por favor, seguí, por favor, no pares. Por favor, Jemill.

Aunque duela, aunque cueste, aunque parezca imposible y nadie te regale caramelos, seguí. Va a llegar. Todo llega. No pierdas la sonrisa. Esforzate, pero no dejes de jugar. Que te siga sorprendiendo el Obelisco, que sigas usando medias súper coloridas. Rodeate de gente que quiera ayudarte. Vos podés. Sacá las manos del bolsillo y dale para adelante que adelante hay mucho y te está esperando.

¡Dale, Jemill!

Un abrazo grandísimo,

Nano.


Enseñá por Argentina recibe apoyo de organizaciones e individuos que ayudan a cubrir las necesidades financieras de las diversas áreas para seguir operando de la mejor manera. Podés apoyar a Jemill y a los más de 20.000 niños que participan en Enseñá por Argentina haciendo una donación o postulándote como docente. Doná acá

3 comentarios sobre “Carta a Jemill Gonzalez

  1. ¡Qué grandes!

    Google, por abrir sus puertas a chicos con otra realidad (que no es otra, en realidad).
    Enseñá por Argentina, por eso.

    Tristemente grandes las distancias entre algunas oportunidades y tantas personas.
    También los sueños por una Argentina más grande.
    Los encuentros como ese, que nos agrandan el corazón.
    Qué grande tu poesía también! y vos, un grande!

    Y que grande Jemill, inmensa, que nos hace sentir tan chicos a todos!

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  2. Buscalo teo, siempre hay una forma de encontrarlo y alentarlo a seguir a buscar su sueño, mostrale que el ,con una sola pregunta te generó tantas cosas. Seguro que eso lo va a ser sentir que valió la pena. Que le pudiste contar que se siente

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