El clima en Dublin

Hace algunas semanas estaba hablando con un grupo de amigos y una amiga sobre las ciudades y sus beneficios. Había un sillón muy cómodo, un par de cervezas en la mesa y dos paquetes de papa fritas que ya estaban por la mitad. En aquél momento no lo sabíamos, pero no ibamos a llegar a ninguna conclusión en especial. Las mejores charlas son las que no tienen ningún sentido, pero a la vez tienen tanto.

El debate había empezado casi que por azar. Hablábamos de todo un poco y, de repente, uno de los presentes saltó con que la mejor ciudad para vivir es Buenos Aires. Pasaba el tiempo y la intensidad de los cruces, y de las exposiciones de ideas, iba subiendo. Las ventanas del departamento estaban abiertas y sospecho que desde afuera podían escucharnos.

“Es que lo tenés todo”, argumentaba el que había comenzado a plantear su defensa de Buenos Aires. “Es una ciudad que es un quilombo y que al mismo tiempo es linda. Eso no lo conseguís en ninguna otra parte del mundo”. Por momentos, a alguno se le escapaba un grito. No nos dejábamos terminar las oraciones. Parecía como si estuviéramos discutiendo sobre si hay que parar cuatro o tres defensores cuando ya ganaste el partido de ida en las eliminatorias de la Libertadores.

Yo en parte estaba de acuerdo. Buenos Aires. Su contradicción, su belleza en una esquina y su peligro en otra hacen que sea una de las ciudades más lindas del mundo. Nunca se sabe qué va a pasar en Buenos Aires. Es incierta en cada semáforo, es una incertidumbre constante que te pone incómodo y te alienta a las aventuras. Durante la semana es gritona como ella sola, pero después llega el sábado y no emite palabra. Llueve y es linda, hay sol y es linda. Buenos Aires vive en sus cafés, en sus mates en alguno de los tantísimos parques, en su vida nocturna y en su paz del río. Es una linda ciudad, sí.

No pude con mi instinto y tuve que contradecir. “A Madrid no tenés con qué darle”, me atreví a soltar para avivar un poco la discusión. El que estaba sentado en la silla contra la ventana asintió con un pequeño gesto. “Pero no tenés playa, gil”, me devolvieron con una paralela imposible y tuve que reconocer el punto rival.

“Las francesas”, interrumpió uno. “Paris. Las francesas. No discutamos más”. Yo hice un pequeño gesto de asentimiento. Igual, si me preguntan, me quedo con las españolas. Será el acento, no tengo idea, pero creo que, por lo menos, juegan en la misma liga. “Lo único que hacen es hablar de minas”, dijo la voz más aguda de la reunión, “disfrazan cualquier tema para poder hablar de si esta mina tal cosa o aquella mina tal otra”. También asentí.

El que estaba sentado en el piso no le prestó atención a la intervención de mi amiga, así que apoyó la cerveza, agarró la lanza y salió a matar. En un abrir y cerrar de ojos se estaba disputando un ida y vuelta fuertísimo entre Club Atlético Parisinas y Sociedad Deportiva de Holandesas.

Cuando terminó el ida y vuelta de argumentos vacíos de objetividad, el de la silla contra la ventana levantó la voz y sugirió Londrés. “Tenés de todo: teatro, calidad de vida, cultura, jo-“,”Sí, pero también tenés los ingleses”, lo cortaron en seco a mi derecha. El eterno debate de si es más importante el dónde o el con quién.

En casi una hora de charla le dimos la vuelta al mundo. Pasamos por Buenos Aires, Rio de Janeiro, Santiago de Chile, Ciudad de México, San Francisco, Nueva York, Madrid, Barcelona, Paris, Londres, Berlín. Hasta algunos delirantes se animaron a sugerir Johannesburgo y Singapur. Sin escalas. No hubo continente del que no hayamos hablado.

Había uno de los chicos que hasta el momento no había participado. Se limitaba a agarrar cerveza y a limpiarse los dedos de la grasa que le dejaban las papas. Justo cuando la discusión estaba por apagarse se animó a decir algunas palabras: “El problema con Dublin es el clima”. ¿”Cómo?”, la chica no había llegado a escucharlo. “Que el problema con Dublin es el clima”, repitió mientras abría otra cerveza roja.

En silencio, observando toda la situación, había llegado a la conclusión de que Dublin, capital de Irlanda, era una gran ciudad. Una ciudad de casas bajas, de campos inmensos, de música fuerte. Estaba convencido de que era un buen lugar para vivir. Con el inglés no tenía problema y se sentía a gusto con la cultura del norte de Europa. Sin embargo, sobre el final de su hilo argumentativo recordó que en la capital irlandesa llueve casi la mitad del año.

“Son 160 días de lluvia”, sentenció cuando terminó de explicar todos los beneficios y la única contra que había encontrado. “Sí, pero con la cerveza que tiene, ¿qué me importa el clima”, le respondieron desde el sillón. “No. Eso no tiene nada que ver. Son 160. No ves el sol. Eso es lo peor”.

Ya cuando las tapitas de cerveza nos triplicaban en número, la discusión sobre ciudades llegó a su fin y comenzamos a hablar de otros temas. Yo me quedé pensando. Me había llamado la atención la frase. 160 días de lluvia. La mitad el año. Seguí tomando y no le di más vuelta al tema. La reunión terminó y cada uno fue para su casa.

Varios días después de aquel encuentro encontré la razón que me tenía inquieto. 160. Estaba caminando por la calle en Buenos Aires. Escuchaba música y a mi derecha las flores de un jacarandá le daban un poco de color a la tarde gris.

La mitad del año. Creo que lo dije en voz alta. “Sí”, suspiré, “llueve la mitad del año”. En ese momento miré al cielo de Buenos Aires, dejé de escuchar la música, el sol podía verse atrás de algunas nubes. Estaba escondido, como con vergüenza. Entre tanto gris, cuando soplaba un poco de viento, el sol terminaba de asomarse, pero estaba ahí. Siempre está ahí. “Pero la otra mitad hay sol”, terminé y seguí caminando.

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