El cuentacuentos

Siempre que cuenta historias lo hace de una manera especial. Por más que a veces las repita, cada vez que vuelve a narrar alguna de sus anécdotas, alguno de sus chistes, alguna de sus mentiras, mi abuelo lo hace espectacular. Es como un plato de comida. La primera vez que lo prepara lo hace con algo de sal, la segunda, le agrega un poco más de pimienta y a la tercera, quizás se olvida de la sal, pero lo condimenta con romero y queda incluso mejor que antes. Es increíble. Podés conocer la historia de memoria, los nombres de los personajes y la secuencia de los hechos, pero mi abuelo te va a terminar sorprendiendo.

Siempre te dan ganas de escucharlo. Ya desde chico me asombraba su forma de acaparar la atención. Mesa en la que estaba, mesa en la que mi abuelo manejaba la situación. Él era el piloto y la mesa su nave. La gente seguía su ritmo: se inquietaban con sus pausas, se entusiasmaban con sus idas y con sus vueltas y se estallaban de la risa cuando remataba con algún final gracioso. Mis ojos no dejaban de mirarlo. Qué manera de controlar, de jugar con las emociones, de lograr que diferentes personas, diferentes ideas, se conecten al mismo tiempo solo para escucharlo.

Cuando se iba un poco de tono – a veces se le escapaban algunas puteadas,  y otras entraba en terrenos un poco turbios -, mi abu lo ubicaba como suele hacer: con la mirada. El silencio de los ojos de mi abu. Cuando la comunicación es potente no hace falta decir nada. Las razones por las que se iba por las ramas o empezaba a decir “barbaridades”, como lo acusaba mi abu, eran siempre las mismas: o el público presente se lo permitía – mi abuelo siempre fue muy atento de quién lo estaba escuchando, podía hablar con un gerente de banco de igual a igual y también podía mantener la atención ininterrumpida de un grupo de seis o más chicos de esos que no se quedan quietos ni un segundo – o el alcohol en sangre ya era demasiado para controlar las palabras que salían de su boca. “¡Jorrrrrge!”, le llegaba a gritar mi abu cuando ya el alcohol era tanto que mi abuelo no podía interpretar lo que aquellos ojos celestes le querían decir.

Era así en todas las mesas. Casamientos, reuniones familiares, cumpleaños, reuniones en las que caía de rebote. El piloto siempre era el mismo. Yo creo que él era consciente de su poder, de su forma de enamorar con la palabra y los gestos. A veces las mesas dejaban de ser mesas con amigos y pasaban a ser mesas de negocios. No podía ser de otra manera. Mi abuelo era el que comandaba aquellas reuniones también y, generalmente, los empresarios de saco y corbata terminaban poniendo su firma en contratos que quizás no los beneficiaban tanto.

Yo tuve suerte. Fui testigo de muchísimos Jorges, de infinitas risas y de tantísimas historias. Nunca firmé ningún contrato. Escuchando a mi abuelo contar cuentos aprendí de los momentos en los que hay que callar, aprendí lo importante que es sentir la tensión de la mesa, de la nave, y lo fundamental que es el humor aún cuando no amerita. Siempre tiene que haber espacio para el humor. Siempre es sano reír. Mi abuelo lo sabe muy bien.

Fue así como se convirtió en mi gran maestro. No es que hoy sea un ávido piloto de naves sociales y sobremesas, pero lo poco que entiendo, o que creo entender, lo aprendí de mi abuelo. Cuando estábamos en público lo observaba, es más, en algunas ocasiones yo era parte de su juego. Me llamaba a la mesa en la que estaba sentado con sus amigos, me preguntaba un cálculo matemático avanzadísimo para mi edad, yo lo respondía sin dudar y me iba. Ese era mi show. Estaba guionado, claro, pero el efecto que causaba era brutal. Con una pequeña escena diagramada algunos días antes, yo me convertía en un chico con un coeficiente intelectual altísimo. Otra obra del maestro.

Cuando le faltaba el público, en cambio, mi abuelo se quedaba hablando conmigo. Fue ahí donde aprendí todavía más. Algunas veces, cuando no había mucho tema del que hablar, acudíamos al juego. Se inventaba rápido algunas reglas básicas y divertidas y con eso se pasaban quince minutos, media hora, semanas enteras. ¿Cuánto tiempo habré pasado escuchando y jugando con mis abuelos?

La escena siempre era similar: ya después del postre, nos quedábamos nosotros dos solos en la mesa y charlabamos. Él sentado en la cabecera, yo ocupando la silla a su derecha, él narrando una historia y mis ojos y oídos prestando suma atención. Fue en una de estas tantas veces en las que nos quedamos así que empezó a contarme de algún viaje que había hecho o de algo que había leído en el diario. Es el día de hoy que no sé, a ciencia cierta, si fue algo que vivió, que leyó o que le contaron. Perdón, pero no recuerdo bien cómo empezaba el cuento de aquél cementerio.

Básicamente, la historia hablaba sobre un pueblo antiguo, creo que del norte de argentina, donde los cementerios eran algo particulares. Mi abuelo me contaba que una persona paseaba por aquel cementerio del norte argentino una tarde de abril y que mientras paseaba, observaba atentamente las lápidas. “Juan Manuel Cruz, 13 años”, podía leerse en una de las tantas tumbas del lugar. “Lourdes, 8 años”, se leía en otra. “Belén, 3 años”. Así con todas las lápidas del cementerio. Al caminante le resultaba extraño. Todos los cuerpos enterrados en aquél lugar habían vivido muy poco tiempo ¿Cómo podía ser que ninguno de los fallecidos superara los quince años de edad?

Curioso, el hombre que caminaba por el cementerio quiso saber más y se acercó a uno de los trabajadores del lugar para preguntarle: “¿Cómo puede ser que todos los cuerpos enterrados en este cementerio sean de niños?”. Estaba un poco triste. La muerte no tiene que ser joven. Amablemente, el oriundo de aquel pueblo del norte, le respondió que allí las edades de las personas se medían de otra manera. Quizás, pienso ahora, se medían como deben medirse.

A los trece años de edad, cada uno de los chicos y chicas del pueblo recibía una pequeña libreta. La idea era que en sus hojas fueran volcando todos los momentos en los que fueron felices y cuánto les había durado aquella felicidad. “Hoy di mi primer beso, tres días”, habrá anotado alguno. “Matías me pidió que fuera su novia, una semana”, habrá anotado otra. “Hice reír a una amiga, cinco minutos”, “Me junté a comer con mis abuelos, media hora”, “Hoy miré el atardecer, dos minutos”.

Así, cada uno de los habitantes del pueblo iban llenando sus libretas. Desde los trece años hasta la edad de su muerte volcaban en aquellas hojas momentos felices, momentos de risa, memorables. Al final de sus días, cuando las personas fallecían, sus seres queridos sumaban todo el tiempo que habían anotado en sus libretas y lo ponían en las lápidas. La vida como tiene que vivirse: riendo.

La primera vez que me lo comentó quedé sorprendido. Me pareció sumamente interesante. La historia, de principio a fin, habrá durado unos cinco minutos. Cinco minutos con veinte si contamos los segundos en los que lo interrumpí con algunas preguntas curiosas. Aquella vez estábamos solos en la mesa. La segunda fue un poco más rápida, habrá durado tres minutos con cuarenta y siete, casi cuatro. Es que en esta segunda oportunidad había mucha gente en la mesa y alargar la historia podía suponer que la atención se perdiera rápido.

La última vez que la escuché, hace no mucho, la hizo muchísimo más larga. Mi abuelo agarró todos los ingredientes de la receta y los mezcló como nunca. La sal fueron los silencios, las pausas, cuando aceleraba se podía sentir el sabor de la pimienta que estaba usando y el final, entre dulce y agrio, fue cuando utilizó algún jugo medio cítrico. Duró siete minutos con treinta.

La historia del cementerio y de los tiempos de la gente siempre me llamó la atención. Hoy me reconozco hincha fanático de los cómos y quizás un poco rival de los qués. Muy influido por mi abuelo, seguro. Ya cumplí trece años hace mucho tiempo. Nunca tuve mi libreta. Por suerte rio bastante seguido, pero jamás me puse a contarlo. Espero que de hacerlo sea una libreta inmensa, que tenga que comprar dos o tres.

El otro día, volviendo de un viaje, me puse a pensar sobre la historia del cementerio. Hice las cuentas: cinco minutos con veinte la primera, casi cuatro la segunda y siete con treinta la última. Ya tengo dieciséis minutos con cincuenta segundos a mi favor.

Podés escucharme haciendo el ridículo en el audio de acá arriba.

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