El espejito de Rubén

“Y por eso estamos así”, se quejaba Rubén mientras volvía a poner punto muerto. El tránsito de la ciudad era un caos. Hace quince minutos que estaba estancado en Retiro y no había forma de avanzar. Eran casi las 9 de la mañana y entre bocinazos, gente que pedía plata y bicicletas que a más de un auto le dejaban cicatrices, Laura, en el asiento de atrás, lo escuchaba. No le quedaba opción, su celular había muerto hace un tiempo así que asentía con la cabeza y cada tanto soltaba alguna frase genérica de esas que usamos cuando no queremos faltar el respeto, pero al mismo tiempo nos importa muy poco lo que la otra persona nos está diciendo: “claro”, “tal cual”,”y sí”.

Rubén ya había tocado temas como la política económica del país, había afirmado que las próximas elecciones las iba a ganar la oposición y hasta llegó a sentenciar un plan a largo plazo de reformas en la educación que harían que el país se asemejara a Suiza. Los taxistas, al igual que muchos otros, creen saberlo todo.

Los ojos de Rubén observaban a Laura por el espejito retrovisor. Desde hace algunas cuadras lo había acomodado para poder verla mejor, un viejo truco que había aprendido de pendejo. La imagen la completaba lo poco que podía verse del camión de basura que lo venía siguiendo desde que doblaron por Libertador. Laura revisaba su reloj a cada rato, estaba apurada por llegar a su trabajo, tenía una reunión importante y si seguían a ese ritmo iba a estar atrasada.

El monólogo de Rubén iba acompañado de múltiples movimientos de manos y expresiones faciales. Era una coreografía. Levantaba las cejas, se acomodaba los anteojos y soltaba una frase. Pasaba su mano por los pocos pelos que le quedaban sobre la frente, volvía a acomodarse los anteojos y soltaba otra frase. A veces hacia unos golpes sobre el volante con su mano derecha. Bajaba el volumen de la radio, lo volvía a subir. A Laura le molestaba cuando con esa misma mano se tocaba el bigote de color gris y olor a tabaco. Después de un largo rato, ella se bajó en Córdoba y caminó algunas cuadras hasta su trabajo. “Por fin”, suspiró cuando se alejó del taxi.

Rubén continuó su día. Qué linda piba, pensó cuando Laura se bajó del taxi y se atrevió a mirar su silueta por el espejito. Nunca miraba a nadie a la cara. Todo lo que veía, todo lo que observaba, todo lo que escuchaba y todo lo que sentía era a través de aquél espejito retrovisor del que colgaban una estampita de San Cayetano y un rosario con la virgen María al final.

Lo mismo pasaba con los pasajeros que se subían al taxi de Rubén. Lo único que veían de su chofer eran los ojos. Ojos cansados, esos que tienen el contorno arrugado, que delatan cansancio, ojos de esfuerzo, ojos de dormir poco, ojos que piden a gritos una mirada real y directa sin vidrios de por medio. Ojos solos.

¿Qué tan real es ver todo a través de un espejito? ¿Habrá sido Laura verdaderamente tan linda? ¿Son las cosas que sentimos y vemos tal como las sentimos y vemos? ¿Cuántos espejitos hay?

La mayor parte del tiempo, Rubén se la pasaba manejando por las calles del centro de Buenos Aires. A veces iba hasta Belgrano o Ñunez, pero mucho no le gustaba. Los viajes que le tocaba hacer por esas zonas eran, por lo general, cortos y los pasajeros poco receptivos y eso a Rubén no le servía. Necesitaba que lo escuchen, necesitaba levantar la vista y que el espejito no muestre nada más que la parte trasera del auto. Quería gente, historias, risas, discusiones. Quería lo que todos queremos de tanto en tanto: compañía. 

Siguió manejando y levantó por el Obelisco a una pareja de extranjeros, creyó que estadounidenses por su forma de vestir, que iban hacia el Museo de Bellas Artes. Con el poco inglés que manejaba intercambió unas palabras con sus pasajeros y los dejó a los pocos minutos de su destino. Puede ser que, aprovechándose un poco de la situación, Rubén les haya cobrado un poco más de lo que valía el viaje. Otro de los trucos que había aprendido de pendejo.

En promedio hacía unos 8 viajes por día. Algunos cortos, otros largos. A sus pasajeros les hablaba de política, de fútbol, de amores que inventaba mientras pasaba de un cambio a otro, les narraba anécdotas que solo eran un tercio verdad, contaba chistes, hacía de todo. En un viaje, había jugado en la primera de un club del sur de Buenos Aires, pero había dejado su sueño de ser futbolista porque su mujer le demandaba mucho. En otro, se había recibido de abogado en la Universidad de Buenos Aires, pero prefirió no ejercer la profesión y ponerse un bar en la costanera. Era un gran cuenta cuentos, rápido para las matemáticas y astuto con los atajos.

Pasó toda la semana así: arriba del auto. Por su espejito desfilaron Luis, Viviana, Sol, Romina, Ricardo y Agustín. Martín le discutió algunas de sus posturas políticas, Belén le dijo que era un desubicado por querer sacarle su teléfono, Tobías se quejó porque había agarrado por un camino equivocado y estaba por llegar tarde al cumpleaños de su mejor amigo, Matías. Martina se quedó dormida en el hombro de Pedro mientras Rubén le hablaba del partido del domingo. Beatriz le confesó que engañaba a su marido desde hace 5 semanas con un compañero de su oficina.

¿Era el bigote de Ricardo tan opaco como parecía? ¿Martina estaba dormida o estaba fingiendo para no ser parte de la charla con Pedro? ¿El labial de Beatriz estaba verdaderamente corrido?

El espejito de Rubén fue testigo de infidelidades, de chistes que no recibieron ni una mueca de sonrisa, de miradas perdidas de pasajeros en las ventanas. Los ojos solos de Rubén fueron la única constante. Jamás miró a nadie directamente. Siempre miró a través del espejito. Pobre Rubén. Nunca, pero nunca se dio cuenta de que su auto siempre estuvo vacío.

Escuchá El espejito de Rubén.

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