Otro treinta

Otro treinta. Otro abril. Otra mañana que amanece fresca y otra vez el color de los árboles que me vuelve loco. Soy fanático de los colores del otoño, de mirar los rojos, amarillos y marrones y no poder creer lo lindas que son las cosas que pasamos por alto. ¿Será casualidad? ¿Tendré de verdad tanta suerte como para cada treinta de abril abrir la ventana y ver enfrente mío uno de estos árboles? Si quisiera, podría ahora mismo salir a la calle y pisar cuantas hojas se me ocurran. Me parece injusto y a la vez increíble.

En fin, todos los treinta de todos los abriles desde 1996 cumplo años. Estoy desayunando y ya me van llegando mensajes. Mi familia me saludó primero, obvio. No me acuerdo mucho porque estaba más que dormido, pero mi hermana dice que me desperté, me di vuelta y apagué la luz de la vela medio enojado. A los pocos segundos estaba dormido de nuevo. De haber sabido que la vela estaba acompañada de un alfajor me quedaba despierto sin lugar a dudas.

Termino mi café en la taza de los Juegos Olímpicos de Taipei y voy leyendo de a poco lo que puedo. Me escribe mi Abu, mi tía madrina me llama y mi padrino me manda un audio por Instagram. La mayoría de las veces respondo con un “gracias” y sigo con lo que estaba haciendo. Ahora estoy en Chile, solo, y cuando estoy solo me pongo a pensar, y cuando me pongo a pensar se me ocurren ideas, y cuando se me ocurren ideas, ideas locas, ideas divertidas y, a veces, ideas malísimas, tengo ganas de compartirlas.

Esta vez se me ocurrió algo así. Desde que arrancó el treinta de abril hasta que terminó me llegaron mensajes desde Madrid, desde Uruguay y desde Ushuaia, entre tantísimos otros. Guille, desde Rotterdam, me mandó una canción, Abril, desde su casa, dijo que soy una gran persona y Pato, que vive acá al lado, escribió que me quiere.

Entre vinos que dan vueltas en copas, salmones ahumados, varias risas y un poco de trabajo, me detengo un momento. Ya no respondo con un gracias apresurado y sigo con lo que estaba haciendo, no. Ahora presto especial atención a los mensajes que me llegaron. Se me escapa un suspiro.

Las lágrimas del vino dibujan en el cristal de la copa y lo que venía pensando toma vuelo. En uno de sus cuentos, Galeano sugiere que las personas somos “fueguitos”. Uno de sus personajes, un colombiano, sube al cielo, nos observa y a su vuelta a la aldea explica que: “No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende”.

Qué interesante. Si el colombiano mirara atentamente hacia donde estoy parado, se volvería loco. “Qué pedazo de fogata”, diría. No podría concebir tanta luz saliendo de un mismo lugar y tendría que taparse los ojos. Volvería corriendo a su aldea y en vez de contarles detalladamente acerca de los fueguitos, les diría a lo miembros del pueblo que lo acompañasen a ver lo que acababa de ver.

Estoy rodeado de fueguitos. De todos los colores, tamaños e intensidades. Tengo de los locos, tengo de los serenos, tengo de los que te puedas imaginar. Es medio extraño, pero lugar al que voy, lugar del que vuelvo con un fuego. A veces llegan en forma de mensaje por Instagram, otras, son una carta que cruza el mar atlántico en el siglo veintiuno, muchas veces son un par de risas y mis favoritas son cuando los siento en abrazos.

No entiendo muy bien por qué, si lo merezco, si es de puro ojete, si se va a acabar en algún momento o si va a seguir hasta que no pueda hacer que el vino gire en las copas. No lo sé. Lo que sí tengo claro y quería compartirles es lo siguiente. El treinta de abril de 2019, alrededor de las 17, en casa, me sobraron dos deseos. Apagué las velas de la torta y solo pedí uno: fueguitos. Pedí fueguitos.

 

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