El dueño del veinte

Hace un tiempo me enteré que San Antonio Spurs había tomado la decisión de retirar el número veinte de sus camisetas. En su momento no le di mucha importancia, lo pasé por alto. Hace prácticamente un par de días, volví a leer una nota que mencionaba la decisión. Esta vez me llamó la atención, algo no estaba bien, no era normal lo que estaba por pasar.

Ayer fue el día, en medio de un estadio repleto, con gente que pagó hasta dos mil cuatrocientos dólares para poder ver el partido homenaje, el equipo de Texas, retiró el número veinte de su uniforme. Para todos aquellos que no saben, aquel número tuvo un mismo dueño durante dieciseis años consecutivos, un niño totalmente inconsciente que se animó a soñar lo que pocos se animan y que a fuerza de triples, eurosteps y un par de hazañas, logró meterse dentro de la historia grande del basquet mundial: Manu Ginobili.

Que San Antonio retire el veinte de sus camisetas significa, entre tantas otras cosas, lo siguiente: Ginobili será su dueño de aquí hasta el final de los días. Es una locura, no cabe otra apreciación. No habrá atleta, por más bueno que sea, que vuelva a llevar el número veinte de los Spurs en su espalda. Habrá otras opciones, claro, pero el veinte no será una.

Por si no queda claro, una franquicia que vale un total de un millón seiscientos mil dólares según Forbes, dejará de imprimir en las dorsales de sus remeras un número porque un argentino, nacido en Bahía Blanca, una ciudad de unos trescientos mil habitantes, tuvo cierta habilidad para embocar bastante seguido una pelota en un aro durante algunas temporadas consecutivas.

El hecho es magnífico. En el sentido de la grandeza del mismo, es un gesto inmenso, una inconsciencia. Ya resulta una locura que un país que antes de la aparición de Manu era totalmente ajeno al basquet tenga ahora al mayor anotador de triples y robos de un equipo de la élite de la NBA ¿qué ahora esa misma persona sea el dueño del número veinte eternamente? No hay forma de explicarlo.

Pero ese no es el único inconveniente. El problema con Manu Ginobili es que tratar de entenderlo únicamente desde la perspectiva del deporte es injusto. Caer en definirlo como el mejor deportista argentino de todos los tiempos es básico, porque además de serlo, es la persona que mejor entendió el deporte. No existe manera, o por lo menos no termino de encontrar alguna que me convenza lo suficiente, de encerrarlo dentro de un concepto, un número o cualquier otra cosa.

Es que un hombre que con una acción física encapsulada dentro de una cancha de quince metros de ancho y casi treinta de largo, sea capaz de poner en duda la validez universal del tiempo, no puede ser reducido a una definición única. ¿Cuánto tiempo deberían durar los partidos de basquet si en una jugada de menos de 4 segundos, un jugador cambia el final de un partido, da vuelta el resultado y escribe la historia de un país entero? ¿Hay forma de encerrar lo que hizo este tipo en algún número?

Retiren el veinte, el cinco, ponganle Avenida Ginobili a la calle principal de San Antonio, vendan la franquicia, hagan lo que quieran. No va a alcanzar. Emanuel Ginobili ya trascendió.

En algunos años, en alguna casa con fachada de madera blanca y techo negro en medio de Texas, un nene de 6 años va a preguntarle al padre, en inglés, por qué su equipo no juega con el número veinte. El padre sentará al niño al lado suyo en el sillón del living, le acomodará el pelo y empezará a explicarle que hace algunos años, un niño de Bahia Blanca – dirá Bahia Blanca con total naturalidad, con una fonética impecable – llegó a San Antonio, eligió el número veinte y cambió para siempre la historia. No va a haber homenaje que baste.

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