El campeón panamericano

Mi abuelo siempre me dijo que él era campeón panamericano de todo. Sí, de todo. Y no había forma de discutirle. Yo tenía mis dudas, pero le terminaba creyendo. Y, claro: anteojos, pelo blanco y encima te lo decía con una certeza tajante. Le creías, no había otra. Además, el tipo la tenía toda pensada. No se la jugaba al título mundial, no, porque a ese nivel seguro había algún asiático o europeo que le pasara el trapo. Él iba a la segura. Campeón panamericano. Y punto.

Te miraba a los ojos, te soltaba esas dos palabras y con eso ya te hacía dudar. Te estabas por enfrentar al campeón panamericano, no era joda. Ya entrabas condicionado, olvidate, derrota cantada. A ver, si te pones a pensar un poco, que sé yo, podía ser que el viejo le hubiera ganado a algún yanqui medio lerdo o que en todos los cruces le haya tocado contra un centroamericano. Ni idea, era viable. Todos nuestros juegos empezaban de la siguiente manera:

– ¿Abuelo, jugamos al truco?

Hacía una pausa antes de responder. Siempre hacía una pausa. Por eso te digo que estaba todo pensado. Esa pausa era suspenso, era un “¿estás seguro de que querés jugar conmigo?” Y después venía:

-Pero mirá que yo soy campeón panamericano de truco, eh.

Siempre resaltaba el “yo” y el “eh”. Así te marcaba que, por oposición, vos no eras el campeón y el “eh” terminaba destruyendo cualquier tipo de autoestima o esperanza que tuvieras. Te hacia temblar. A los anteojos, el pelo blanco y la certeza que tenía cuando hablaba sumale el “eh” ¡Te tiraba la cancha encima!

Era una advertencia. Pero yo, al igual que muchos otros, entraba como un caballo. A lo sumo le sacabas un tanto no querido. El partido, la revancha y el bueno se los llevaba el viejo. No había forma. Eligieras el camino que eligieras la cosa terminaba igual.

“Quiero”, te decía el podrido y empezaba el show. Anteojos en la mesa. Sonrisa cruel. Lengua afuera. Dedo índice a la lengua. Ese pegamento extraño a la frente y tac, el ancho de espadas. Las cartas siempre terminaban en el piso. Yo no lo podía creer, me lo había avisado y otra vez había caído. Al final soy igual o más lerdo que aquel yanqui. Así pasaba con todo, no te miento. Ajedrez, buraco, general… ¡hasta a la casita robada me ganaba el sinvergüenza!

Iba acumulando derrotas y cada vez le jugaba menos. La estadística era un desastre. Cada tanto le daba una chance, claro, capaz que en alguna me bajaba al famoso campeón panamericano y le arrebataba el título. Palo y a la bolsa, no te juego nunca más, pero no le encontraba la vuelta.

Ya más de grande empecé a dudar. Y, viste, no veía a un canadiense sentado en frente del ñato este diciéndole que tenía “veinte y cincouh” de envido o que se iba al “mazouh”. Es más, no sé a vos, pero a mí, “Federación Panamericana de Chancho Va” me hace un poquito de ruido.

Fue ahí cuando empecé a investigar. Le preguntaba por los torneos y cuando veía un poquito de duda o se equivocaba en alguna respuesta anotaba. Yo anotaba todo. ¿No había sido un venezolano al que le había ganado en la semifinal del jenga? Epa, ¿cómo que el campeonato de ajedrez fue en Cuba? ¿No había sido en Guatemala? ¿Dónde están las medallas? ¿Todas las perdiste? ¡Andá, chanta! Eran todas preguntas rigurosas que iban en búsqueda de eso que a veces tanto duele: la verdad.

Fui descubriendo, entonces, que el viejo no había sido campeón panamericano de nada ni por asomo. No hay torneos oficiales de chinchón, ni se organizan competencias en el caribe para todas las huevadas a las que jugábamos.

Fue así, juntando mis porotos de investigación, que llegué a la conclusión. Se habrá autoproclamado campeón panamericano de truco, ajedrez, ping pong, esgrima, de lo que se te ocurra. Pero – y me encantan los “pero” porque después de un “pero” viene una verdad irrefutable – hay un título que el viejo mentiroso nunca se adjudicó.

Quizás por humilde, aunque lo dudo, o porque nunca pensó competir en esa liga, no tengo idea. Pero nunca dijo ni mu. Ojo, yo no lo vi pelear contra ningún colombiano por el puesto, pero lo que te digo ahora es ciencia pura. Empirisimo. Sin saberlo, con todas esas mentiras el viejo se estaba colgando el mejor de todos los títulos: campeón panamericano de los abuelos.

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