A veces soy ciego

Mire para donde mire hay uno. Siempre hay uno. En el escritorio, en la mesa de luz, en la pared, en mi muñeca. Siempre hay uno. Me miran, me inquietan y algunos hasta me hablan: “es ahora”, “es tarde”, “en un rato”. Silenciosos pero constantes vigilan cada uno de mis movimientos, los registran y luego los desechan. Son asesinos de recuerdos, de momentos y de historias. Traviesos, muchas veces me dan, pero otras tantas me quitan.

Puedo intentar evitarlos, pero siempre fracaso y no consigo más que eso, un intento. Segundos, minutos, días. Siempre hay un reloj. Semanas, meses, años. Siempre hay un reloj. Cortázar dice que cuando te regalan uno también te regalan “el miedo de perderlo, de que te lo roben y de que se te caiga al suelo y se rompa”. Pero no habla del reloj. Habla del tiempo. Tenemos miedo de perder el tiempo, miedo de que nos lo roben y miedo de no cuidarlo y romperlo.

A simple vista no parecería ni siquiera sernos útil. Lo único que hace es gastarnos, ponernos viejos y decirnos que lo que empieza, termina y que lo que termina, terminó. Llevo diez minutos y treinta y cuatro segundos escribiendo. Ahí está de nuevo. Regulando, marcando, midiendo.

Pero hay que ser justos y diferenciar los tiempos, no son todos lo mismo. El pasado es aprendizaje. Siempre podemos volver a él, hacer las preguntas que nos hagan falta y evocar las situaciones que deseemos. Nos tranquiliza, nos abraza y nos recuerda. El pasado es amigo, es fiel e inquebrantable. En el pasado encontramos seguridad y alivio. Funciona como un remedio de venta libre, siempre que tengamos algún malestar podemos tomar el frasco del pasado, agarrar el recuerdo que queramos y así curarnos.

El presente, por su parte, es velocidad. Siempre efímero, siempre voraz. Muchas veces es mudo, se queda callado y no dice nada. Simplemente está. No nos despierta ni inquietudes, ni dudas. El presente es la certeza de que las cosas son como son. Nada termina, nada empieza, porque en el presente todo es. Muchas veces lo que vivimos en el presente se escapa de nuestras manos y así, sin darnos cuenta, el presente se reúne con el pasado. Se nos escapan sonrisas, abrazos, miradas. El presente muchas veces es ladrón.

Voy ahora diecisiete minutos y el presente ya me robó unas cuantas ideas. El pasado, también a veces molesto, aparece y me recuerda cosas que pudieron haber sido, pero que no fueron: besos, errores, estupideces.

El futuro, a diferencia de los demás, es el que más me preocupa. Porque el futuro es el más vivo de todos. Se siente superior, aprovecha su incertidumbre y juega con ella. El futuro se sienta adelante mío, me mira a los ojos, y con una voz ronca y misteriosa me pregunta: “¿Dónde vas?”, “¿por qué?”, “¿estás seguro?”.  Muchas veces no puedo responder y se me nubla la vista.

El futuro es un papel en blanco. Podemos tomar un lápiz y dibujar, borrar y volver a dibujar otra cosa aún mejor. Es la isla de Tomás Moro donde el color de sus playas y la cantidad de palmeras dependen de nosotros. En mi futuro, por ejemplo, no hay relojes. Así, los abrazos duran lo que necesito que duren y las miradas que no quiero perder se mantienen fijas sin interrupciones.

En mi futuro “cinco minutos más” son los cinco minutos más que hagan falta y además, nunca me equivoco. Así puedo seguir imaginando todo lo que se me ocurra. Tomás Moro tomó su futuro y creó una sociedad pacífica con un bienestar físico y moral compartido entre todos. Huxley imaginó un mundo perfecto donde alcanzar la felicidad significaba el sacrificio de la familia, la cultura, el arte y el pensamiento.

Esa posibilidad infinita de paisajes y variables es la que me asusta. Esas incertidumbres son las que me nublan la vista y a veces, me dejan ciego. Proyecto miedos y las pocas certezas que tengo en ese espacio vacío que no presenta límite alguno.

El segundero del reloj en mi escritorio sigue dando vueltas. No para. Pienso en mi isla, pienso en cómo será y pienso en por qué será así. Me replanteo cosas, imagino otras. Por momentos alcanzo a ver algo, pero la mayor parte del tiempo soy un hombre ciego haciendo esfuerzos ridículos por intentar ver.

Cuando la ceguera se empieza a volver molesta, el pasado toca la puerta y lo hago pasar. Me interrumpe, se asoma y de manera inocente me recuerda aquel pasaje con el que Eduardo Galeano responde a una pregunta sobre la utopía:

“Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y ella se vuelve a alejar diez pasos. ¿Para qué sirve entonces? Sirve para eso, para caminar”.

Quizás haya que olvidarse del pasado, del presente y del futuro. Quizás solo haya que caminar. Cerrar los ojos, ajustar las vendas y caminar hacia el incierto futuro. Si allí nos encontraremos con un mundo feliz, alguna reserva salvaje o una isla idílica, habrá que descubrirlo. Pero para hacerlo hay que hacer camino y para hacer camino, hay que caminar.

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