La foto de Andrés

El domingo 20 de mayo de 2018, alrededor de las 22:30 de Catalunya, sonó un silbato que anunciaba el final del encuentro en el Camp Nou. Andrés Iniesta terminaba de jugar su último partido con el Barcelona. Habían pasado 18 años desde su debút, 16 temporadas, 496 partidos, 40 goles y 32 títulos. El recibimiento de la gente unas horas antes había sido sensacional, magnífico, ingenioso. Acorde al hombre homenageado: sensacional, magnífico e ingenioso.

El partido contra la Real Sociedad fue más de lo mismo. El Barcelona impuso su juego, coronó una liga con números impecables y Andrés Iniesta hizo lo de siempre, lo que hizo toda su vida, lo único que sabe hacer y que hace mejor que nadie: pensar. Pensó como los 495 partidos anteriores, pensó como lo hizo desde el primer minuto que tocó una pelota de fútbol, vio el juego como solo él lo sabe ver, asistió, dirigió y llevó a su club a otro título de liga.

Pero eso es lo de menos. Un par de horas después, con la fiesta terminada, sin el eco de los aplausos y sin el mosaico en las tribunas, Iniesta se quedó solo en el centro del campo. No hizo mucho. Es más, no hizo nada. Alguien, a quién desconozco, pero agradezco, tomó en ese mismo momento la foto de Andrés. Seguramente, lo hizo sin saberlo. Fue un microsegundo. Desde alguna tribuna lejana y con alguna cámara apta para la situación, el muchacho o muchacha, apretó un botón y capturó el instante. Jamás se imaginó que a 10.464 kilómetros de distancia, alguien iba a prestarle tanta atención.

Para aquellos que no la encontraron, la imagen muestra al eterno número ocho del Barcelona recostado sobre el centro del campo de juego del Camp Nou. Una foto simple. Se ve su espalda, su apellido y el número que lo acompañó toda una vida y lo hará hasta la eternidad. De fondo, casi fuera de foco, se ve una de las tribunas del estadio. El pasto verde acaricia las manos de Andrés y completa la imagen. Andrés está descalzo. Está en su casa.

La foto provoca un efecto hipnótico. Al igual que el juego que Andrés regaló durante toda su vida, la imagen paraliza, atrae, emociona, enamora. Es un efecto lindo, un efecto placentero. No pude sacarle los ojos de encima. Mi cuerpo fue reaccionando: mis ojos empezaron a humedecerse, mis piernas, por debajo de la mesa, se inquietaban y mi piel comenzaba a erizarse.

No entendía muy bien por qué me estaba pasando. Habían pasado ya varios minutos de mirar la imagen y pude darme cuenta de la razón: en la foto no veía solo a Andrés. No. Veía sus pases entre líneas, sus soluciones a todos los problemas, su entereza, su hombría, su caballerosidad. Veía a sus compañeros encontrando respuestas en sus ojos, a los aficionados maravillándose con sus exquisiteces y a los rivales desconcertados. Veía todo.

Las tribunas, que estaban vacías, las veía repletas de gente aplaudiendo hasta arrancarse las manos. Veía entrenadores en el banco de suplentes sin entender lo que hacía Iniesta dentro del campo. Veía goles, palmadas de aliento a sus compañeros, lágrimas de emoción que caían por el rostro de Andrés, una cinta de capitán que se alivia al ser colocada en el brazo del número ocho porque sabe que había encontrado a su dueño. Veía a Xavi hablando de Iniesta, a Riquelme hablando de Iniesta, a Messi hablando de Iniesta, al mundo hablando de Iniesta.

No hacía falta un título. No hacía falta nada. La foto, al igual que el protagonista, hablaba por si sola. Era igual que verlo dominando la pelota y asistiendo. No hacía falta más. Así, en aquella foto, sentado en su jardín, descalzó y probablemente sin haber estirado luego del partido, Andrés Iniesta confirmaba que para hacer no hace falta decir, solo hace falta hacer.

La foto de Andrés es la foto de un maestro contemplando su obra. Es el autor leyendo su novela. El artista admirando su cuadro. El cantante escuchando su canción. Si le preguntaran, cambiaría algún que otro renglón de la historia, sacaría una estrofa, pintaría con otros colores, pero no abre la boca. No reacciona, no se sorprende. Eso fue lo que él hizo. No estuvo ni bien, ni mal. Estuvo.

En un mundo de inmensidades, de salarios descomunales, de gritos y de descontrol, la foto de Andrés viene a traer calma, a darle valor a la humildad, al trabajo, a explicar que el fútbol es más que un negocio, que puede resumirse en una habilitación, que las cosas pueden verse de otra manera, que a fin de cuentas Andrés es un hombre común que hizo y hace lo que ama, que siente, que llora, que piensa, que sufre, que es humano. En fin, la foto de Andrés Iniesta viene a hacer aquello que Andrés fue llamado a hacer en el mundo del fútbol: enseñar.

Señor fotógrafo, señora fotografa, le agradezco. Gracias por capturar en una imagen todo lo que es, fue y será Andrés Iniesta. Gracias por la calma que transmite la foto y por todo lo que demuestra. Gracias a ustedes y gracias, Andrés.

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