La otra medalla

La otra medalla es un texto que escribí hace más de dos años y que habla de cómo veo el deporte. Hace unos días, este texto que me marcó y que vivo en carne propia todos los días, tuvo la oportunidad de convertirse en charla en la 2da edición de Austral Talks:

Y si te quedaste con ganas de más. Acá va el texto:

De chico pensaba que solo existían tres tipos de medallas. La de oro, la de plata y la de bronce. Ninguna más. Si salías tercero, te daban la de bronce, si salías segundo, la de plata, y si ganabas, la de oro. Nunca lo cuestioné y me entrenaba para eso. Mi objetivo era ganar la medalla de oro y si no la ganaba, quería la de plata o la de bronce.

Si por alguna casualidad no ganaba ninguna de las medallas, me ponía mal. Muchas veces terminaba llorando en la esquina de varios gimnasios y preguntándome ¿por qué? ¿para qué? No encontraba respuestas y eso me ponía todavía peor. Si no era la medalla, no era nada.

Con el tiempo y las experiencias, esas cosas fueron cambiando. Tuve la suerte, más de grande, de darme cuenta de que no solo existen las medallas de oro, plata y bronce sino que hay una medalla más: la otra medalla. Fue así como dejé de enfocarme en ganar la medalla de oro y empecé a ver y pensar que cuando más tenía que entrenar y esforzarme era cuando no ganaba nada. El objetivo de mi entrenamiento dejó de ser ganar la medalla de oro y pasó a ser otro completamente distinto: ser mejor que el que era ayer.

Samuel Beckett, un autor que tiene unos textos muy interesantes, tiene una frase en la que dice algo parecido a lo siguiente: Intentaste y fallaste. No importa. Intentá de nuevo. Fallá de nuevo. Fallá mejor.

Aprendí que el deporte es un constante “fallar mejor”. Es siempre ir en busca de la mejor versión de cada uno y estar dispuesto a hacerlo. Es ganar la otra medalla. Una medalla que no tiene color, que no pesa un solo gramo y que no brilla. Una medalla que al ganarla, no hace que nadie salga en la tapa de los diarios y tampoco da puntos para un ranking. No hace nada.

Sin dudas, frente a esto que puede parecer una locura, surgen algunas preguntas. ¿Para qué sirve si no brilla? ¿Quién te la reconoce, quién te la aplaude? ¿Donde está? ¿Cómo se gana? ¿Para qué la quiero?

La respuesta a todas las preguntas está en que la otra medalla es la medalla del esfuerzo. Es la medalla de los que entrenan con lluvia, truenos, frío, calor, con lo que venga. Es la medalla de los que no apagan la alarma para seguir durmiendo, la medalla de los que quieren seguir, de los que quieren triunfar, crecer, aprender, mejorar. La medalla de los que hacen, de los que van cuando todos vuelven, de los locos que no conocen límites y mucho menos excusas.
¿Cómo se gana? En silencio. Se gana trabajando, pensando, yendo siempre un paso más adelante aunque ese paso duela y cueste mucho más que el anterior. La otra medalla se gana contra uno mismo. El único objetivo de la otra medalla es buscar ser mejor que el que eras ayer. No la busquen en un podio, en el dinero, o en una vitrina porque ese no es el camino, no la van a encontrar.
Pero no es una medalla para cualquiera, no. Es una medalla para pocos. Porque por la sangre de aquellos que la consiguen, además de correr glóbulos rojos, corre superación, competencia y adrenalina. Hay que dejar cosas de lado para conseguirla: navidades en familia, salidas con amigos, amores y no todos están dispuestos a hacerlo.
El mundo de los que ganan la otra medalla es diferente. Es el mundo de la hora extra, del no rendirse, del ser distinto, del luchar contra todo y contra todos para llegar. Es el mundo del deporte y crean o no, en el deporte, no todo es ganar o perder. Es más, bastante poco dentro del deporte es ganar o perder. El deporte son las pequeñas cosas. Enfrentar fracasos con altura, buscar tu mejor versión día a día y luchar constantemente. Eso es el deporte, eso es ganar, esa es la otra medalla. No se necesita algo que brille, ni puntos en una tabla para darle valor a estos logros, lo tienen por sí solos.
Juan Martín Del Potro anunciando que va a hacerse su tercera cirugía de muñeca para volver al circuito. Las lágrimas de Sebastián Crismanich mientras se izaba la celeste y blanca en lo más alto de Londres. El himno cantado por los Pumas. Las piernas de Las Leonas que no paran de correr un solo segundo. El abrazo de un tal Ginóbili y Scola al clasificarse a su cuarto Juego Olímpico. Ahí está la otra medalla.
La otra medalla es el motor del deporte. Es la esencia. La otra medalla impulsa a los deportistas a ganarse a ellos mismos, a elevar su nivel y a mostrarse de lo que son capaces. Es por eso que sin color, sin peso y sin brillar, la otra medalla es la que más pesa, la que más brilla y la que más importa.

2 comentarios sobre “La otra medalla

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