La sopa

Desde que entró en el restaurante sintió algo raro. De alguna forma sabía que no iba a ser una buena cena y esa sensación no era por ir a comer sola. Estaba acostumbrada a no estar acompañada en las comidas y de hecho, así lo prefería porque nadie la molestaba y podía concentrarse en los sabores, los olores y en cómo cada plato se veía a través de sus ojos.

El restaurante no era de los más limpios de la ciudad, pero eso mucho no le importaba porque había estado en lugares peores, mucho más sucios y llenos de basura. Apenas ingresó pudo ver que había pocos lugares vacíos. La comida allí no era excelente, pero la rapidez con la que servían los platos hacía que fuera uno de los más elegidos por todas. Al verla entrar, uno de los mozos fue volando a su encuentro y la acompañó hasta una de las mesas que estaban cerca de la cocina. Exssselente, pensó. Le gustaba estar cerca de esa puerta porque le parecía divertido jugar a adivinar qué plato iba a qué mesa.

Una vez acomodada, decidió ver con cada uno de sus ojos el menú, aunque ya sabía qué iba a pedir: sopa. De chica había desarrollado un profundo amor por la sopa y cada vez que tenía alguna oportunidad se tomaba una. Le gustaba sentir las diferentes texturas de la sopa y jugar a detectar cada vez más diferencias entre unas y otras. Podía diferenciar los estilos de sopa con solo olerlas a la distancia y una vez dentro de su boca, sentía todos y cada uno de los ingredientes.

En más de una ocasión había pedido ver al chef a cargo de la cocina para discutir por qué había decidido agregar un ingrediente que no correspondía. En aquellas oportunidades, los cocineros quedaban sorprendidos con su paladar tan fino. Era genética. Había nacido con sus sentidos desarrollados y no podía evitar sentirlo, escucharlo y verlo todo. Había momentos en los que podía detectar hasta un cambio en las vibraciones del aire.

La sopa llegó bastante rápido. Un poco porque no era un plato muy elaborado y otro poco porque su mesa estaba cerca de la cocina. No pudo dar el primer sorbo. Sus ojos lo vieron al instante. Allí estaba. En el medio de la sopa. Su sensación al entrar al restaurante había sido cierta. Sabía que esto iba a pasar y pasó.

Las patas peludas del sujeto acariciaban toda la sopa de verduras. Cada uno de los ingredientes en su plato estaba completamente contaminado. Un asco. Las patas roñosas y las otras dos extremidades del bicho infectaban todo. Quién iba a saber dónde había estado, qué había pisado y cuántas bacterias tenía en el cuerpo. No pudo soportarlo. Miraba con su cabeza y sus ojos para todos lados.

Algunos mozos se dieron cuenta de su situación y otra vez fueron volando para poder ayudarla. Ella estaba furiosa, agitaba sus extremidades de un lado al otro. El sujeto seguía allí, nadando en el medio de su sopa con una sonrisa burlona. “¡Camarero!”, exclamó la mosca, “¡Hay una persona en mi sopa!”.

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