Maestros

   Un hombre de 45 años abre la puerta de su casa, se saca los zapatos, se desabrocha la camisa y se tira en la cama. El reloj anuncia las seis de la tarde. Es su momento de descanso, tuvo un día de trabajo intenso y ahora le toca hacer un poco de zapping y mirar alguna que otra serie.

   En un departamento por Belgrano, una nena de nueve años y su hermana de seis esperan a que su papá llegue para tomar el té todos juntos. Cuando el reloj marca las seis y cuarto, su papá entra a la cocina y al ver sus sonrisas se olvida de las plantillas de Excel, de los informes y de las tareas que le quedaron pendientes para el día siguiente.

Dos hombres entran caminando por la puerta de un club. En sus rostros puede verse el cansancio, uno viene de manejar más de 60 kilometros en la autopista Ricardo Balbín y el otro de hacer unas cuantas paradas en el subte. Ninguno de los dos está vovliendo a su casa.

Antes de entrar a la sala de esgrima, el hombre del subte va a buscar un café negro y puro que le devuelva un poco de vida mientras que el otro empieza a saludar uno por uno a sus alumnos. Serán pocos los minutos en que ambos tarden en cambiarse. La rutina es siempre la misma: se sacan los zapatos, se desabrochan la camisa, pero no se tiran a la cama, los dos se visten de negro y siguen trabajando. 

   Son las seis y treinta. Si los cálculos no me fallan, hace más de nueve horas que salieron de sus casas. Cada uno se ubica en su pista y la gente que empuña las armas delante de ellos va cambiando. Pasan principiantes y expertos, jóvenes y adultos, y hasta algún que otro anciano. La intensidad y la pasión de los hombres de negro frente a los alumnos es inquebrantable, en cada uno de sus gestos puede verse un poco de amor, mucho de dedicación y absolutamente todo de entrega.

   Observo todo desde una silla, ya desde el principio la situación me parece rara. No puedo evitar preguntarme qué hacen acá, por qué no van a sus casas y si de verdad vale la pena tanto esfuerzo. Ya van casi once horas desde que salieron de sus hogares y creo que ellos también deberían estar frente a una tele haciendo un poco de zapping o durmiendo la siesta.

   En un momento, uno de esos hombres mira fijo a los ojos de un alumno. Es un instante, una pequeña fracción de segundo, pero igual puedo verlo. La respuesta a mis preguntas está ahí. Esa conexión fugaz me dice que el amor de esos hombres de negro por su deporte es más fuerte que el estrés, que el cansancio y que las plantillas de Excel.

   Es ese infímo momento el que me dice que para ellos su descanso es dar clase, es acompañar a sus alumnos, guiarlos y aconsejarlos sin pedir mucho a cambio. En ese par de ojos puedo ver el placer que les genera compartir su experiencia y las inmensas ganas que tienen de ayudar.

   Miro el reloj y pienso en la cantidad de variables que entran en juego con cada movimiento del segundero. Pienso en probabilidades, en el futuro y en el azar. El reloj seguirá girando y así pasarán los años. Será verano, otoño, invierno y primavera. Habrá nuevas series, las nenas dejarán de tener nueve y seis y el subte seguirá funcionando. Habrá días con calor, otros con frío y seguramente aparezca también un poco de niebla o lluvia. Buenos Aires sufrirá paros de distintos gremios, muchas manifestaciones y bastantes piquetes. 

   Pero entre tanta inestabilidad, habrá una constante. Los días seguirán pasando, el reloj marcará las seis y treinta de la tarde, y el hombre del subte y el del auto se vestirán de negro. Pasarán once, doce y hasta trece horas sin que vuelvan a sus casas. Habrá algunos alumnos que renieguen y otros que escuchen. Habrá días con mucha gente y habrá otros sin nadie, pero lo que siempre va a haber, por parte de los maestros, es un poco de amor, mucho de dedicación y absolutamente todo de entrega.

   El gesto de mi maestro me devuelve al presente. Me levanto de la silla y agarro mi florete. Es mi turno. Camino a la pista y voy sin prejuicios, abierto y con ganas de aprender. Lo saludo, me pongo en guardia y solo espero una cosa: seguir respondiendo más preguntas.

 

3 comentarios sobre “Maestros

  1. Absolutamente de acuerdo…me ha llegado al alma.

    Siento lo mismoque el maestro protagonista…..no existen plantillas de Excel ni preocupaciones cuando visto mi peto negro y tengo un alumno delante de mi. No necesito siesta ni TV cuando guío a mis alumnos….
    Es el mejor momento.

    Le gusta a 1 persona

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