Maico

   “¿Cuál es tu sueño?”, le preguntaron. Maico respiró un segundo y miró hacia el piso. Se notaba que era la primera vez que le hacían esa pregunta. Sin ningún previo aviso a Maico se le presentó la posibilidad de ser cualquier cosa. Una posibilidad remota, extraña y que nunca había tenido. Podía imaginar la más loca de las respuestas porque cualquiera sería correcta. Astronauta, jugador de fútbol, ¿quién sabe? En el país de los sueños no hay límites.

   Los bolsillos de su pantalón desgastado eran el escondite perfecto para el nerviosismo que tenían sus manos. El silencio era total. Jamás pensó que estaría en una situación semejante y todos las miradas en aquel taller de oficios esperaban su respuesta.

   El polvo, las herramientas y Pato, un bobtail que se paseaba en busca de algunos mimos, adornaban el pequeño galpón. Allí, en Maldonado, un barrio marginado de Córdoba, se enseñan diferentes actividades a los adolescentes de la comunidad para poder ayudarlos a insertarse laboral y socialmente.

   Maico seguía sin responder. Era palpable la cantidad de mundos que pasaban por su cabeza. Infinitas posibilidades, realidades distintas, lejanas. En sus dos ojos negros, en cambio, se veían otras cosas. Allí, en ese dolor profundo que transmitían, se encontraba su historia.

   El protagonista de esa historia se llama paco. Maico comenzó a drogarse a los 12 años y dejó la escuela, comenzó a robar y la palabra sueño fue desapareciendo de su vocabulario. No conocía otra cosa más que robar para conseguir dinero, comprar su droga y volver a hacerlo. Un círculo vicioso, dañino y triste.

   Después de años de adicción, abandono y delitos, Maico se refería a sí mismo como un fracasado. Esto lo llevó a pensar en acabar con su tristeza. No encontraba salida y quería que el camino se termine de una vez. Cumplir un sueño no figuraba en los siguientes pasos. Maico no quería más drogas, no quería más robos, no quería más.

   De a poco el camino de su vida lo fue llevando hacia el taller de oficios. Sus ojos a recuperaron su color, sus manos dejaron de tener rastros de droga y empezaron a aparecer señales de trabajo y de esfuerzo. Con el sudor de su frente, Maico fue aprendiendo carpintería, herrería y jardinería. Con el paso del tiempo, aprendió otras cosas. Ahora sabe que si se cae tiene que levantarse, entiende que la vida es linda, que el esfuerzo vale la pena y que los sueños no son solo palabras.

   Llegó el momento de la respuesta. Es la hora de que Maico nos enseñe a nosotros. Saca las manos de los bolsillos, levanta la cabeza y sonríe. Sabe que él también tiene sueños, que no es ningún fracasado y que puede responder a la pregunta. Nos mira a los ojos y dice: “Voy a ser médico”.

   Una fuerza extraña recorre todo mi ser. Mi corazón siente el golpe, mi piel el frío y una pequeña voz interior asiente y suspira: “vos podés, Maico”.

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