Mi ventanita

Llueve y otra vez miro por la ventana. No es que lo haga todo el tiempo pero suelo hacerlo con frecuencia y si es domingo todavía más. Son algunos minutos pero me alcanzan para recordar experiencias, reírme de alguna ridiculez que hice o pensar un poco en lo que vendrá.

Hay veces que incluso pasan cosas raras y en la ventana aparece gente. Veo amigos, familiares, desconocidos. Hasta puede aparecer gente que ya no está. Algunos por culpa de la biología, otros por el puto cigarrillo y otros que simplemente tomaron otro camino.

El que hoy se me aparece en el vidrio es un enano jodón, carismático y aventurero. Desde la ventana puedo verlo jugando a ser un caballero de Narnia en algún bosque de Pinamar o haciendo una fortaleza con unos cuantos palos en un jardín. Al lado suyo está su viejo que cada tanto se suma a la aventura y lo hace soñar todavía más. Lo veo riendo y aprendiendo y también lo veo haciendo de las suyas. Es pícaro y cree tener la solución a todo. Cuando lo lastiman, llora y cuando algo no le sale, se frustra.

La lluvia sigue golpeando contra el asfalto y el insolente me agarra de la mano y me saca a caminar. Me muestra que lo acompaña una familia numerosisima y me dice quién es quién. En secreto me cuenta que cada uno de ellos tiene guardado un lugarcito muy especial dentro suyo, el chiquito todavía no lo sabe pero pasarán los años y el sentimiento será igual.

Entre aventuras y chistes, se atreve a hacerme un planteo existencial que hace que me tiemble todo. Con su voz fina y certera dice estar seguro de que a los 26 años va a tener todo resuelto. Sigue hablando y me explica que por todo se refiere a una moto que haga un montón de ruido, una familia con hijos molestos como él y una casa bien grande para hacer asados y pasar navidades con mucha gente.

“¿Estás seguro?”, le pregunto desde este lado del cristal, me parece un poco extraño que ya tenga planificada la próxima década pero me responde que sí. “A los 26 me voy a casar”, suelta y se va a andar a caballo. Lo veo muy feliz, muy simple y muy seguro. “Ojala sigas así”, le suspiro, pero ya no lo puedo ver. Seguramente se haya ido a hacer otro desastre o a enamorarse de otra chica, lo que sea, pero seguro estará sonriendo.

El mocoso me dejó pensando. A mí me faltan cinco años para que lleguen esos famosos 26. Empiezo a hacer cálculos y me doy cuenta de que en mi vida ya pasaron esos cinco años unas cuatro veces, y que cada una de ellas me pareció injusta y absurdamente rápida.

Me invaden las preguntas y los miedos empiezan a aparecer. Me hago el rudo pero tengo que aceptar que hay algunas cosas, pocas, que me asustan. Le tengo miedo a los dinosaurios, cierro los ojos antes de apagar la luz del cuarto y salto del susto si me llego a cruzar un sapo.

Las marcas de agua en la ventana y yo sabemos que en realidad hay un miedo más. Como no hay nadie en el cuarto creo que tengo el valor para confesarlo. Lo que verdaderamente me aterra y no me deja dormir es que llegue el 30 de abril de 2022, que la vida me vuelva a encontrar frente a una ventana, que ese enano soñador aparezca, me pregunte qué hice y no saber qué responderle.

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