Quizás mañana

   El subte para él es esperanza. Si le preguntan seguramente esquive la respuesta y termine diciendo que nada más lo usa porque todavía no tiene auto o alguna otra excusa que se le ocurra para escapar la verdad. Le cuesta decir lo que siente, admitir que se equivoca y mucho más aceptar que la extraña.

   “Estás loco. No sé de qué hablas. Ya pasó”, suelta si alguien empieza a interrogarlo. Es seco, duro y a veces agresivo. Es su manera de convencerse, de negar lo que ya no tiene sentido negar.

   Cada vez que baja las escaleras para tomar el subte vuelve a sentir lo mismo. Es una voz interior que le molesta, le irrita y encima le habla. “Quizás”, es lo que le susurra esa voz y un escalofrío recorre todo su cuerpo.

   Se enoja. Sabe que después de escuchar ese “quizás” ya no será dueño de su cuerpo. Sus ojos se abrirán y en vez de tener la mirada perdida como la mayoría de la gente en el subte, empezarán a buscarla. Su corazón se acelerará si por casualidad se cruza con alguna mujer parecida o de la misma estatura y sus oídos dejarán de prestarle atención a la música de sus auriculares para intentar escuchar su voz.

   Nunca lo dice pero extraña su sonrisa, sus ojos y hasta dormir con ella. Todo lo que le parecía estúpido, infantil y absurdo es todo lo que ahora necesita. Hay momentos en los que la nostalgia lo invade y vuelve a leer sus cartas, en el papel se reflejan los recuerdos juntos y en varias ocasiones una lágrima arruina alguna que otra letra.

   ¿Volveré a verla?, está convencido de que aprendió de sus errores, pero todavía no tuvo la oportunidad de confirmarlo. El vagón vuelve a frenar en otra de las estaciones del recorrido y una chica de unos 15 años cede su asiento a una señora que acaba de subir.

   Ella vive cerca de donde él toma el subte pero para que se encuentren tendrían que coincidir demasiadas cosas. Para empezar, ella debería tener alguna razón para ir hacia el mismo lado que él, debería subirse a la misma formación de la misma línea y como si eso fuera poco, deberían coincidir en fecha y horario. Imposible.

   Le gustaría olvidar, dejar de estar pendiente de cada mujer que entra y sale del subte, quisiera sentarse, leer un libro, lo que sea. Todos los días lo mismo. Le parece inútil ilusionarse pero no puede evitarlo. 

   El subte sigue avanzando. No lo tiene calculado porque no se le dan bien los números, pero sabe que cada nueva parada son todavía menos probabilidades de encontrarla. La voz interior le recuerda que la esperanza debe ser lo último en perderse y una parte de sí le hace caso. El deseo de verla por lo menos cinco minutos es tan fuerte que hasta se imagina la situación.

   Cuando la encuentre, será él quien se acerque y el saludo será incómodo. Habrá muchas pausas y ninguno sabrá cómo reaccionar. Ella se preguntará por qué justo tuvo que tomarse esa línea, en ese horario, en ese todo y él estará entre contento y asustado.

   No podrá evitar mirarle los ojos y luego la boca. Ella se dará cuenta y le vendrán a la cabeza recuerdos de algún tiempo atrás, tardes juntos, risas, peleas. Serán algunos instantes pero ambos se olvidarán de lo que pasó.  En esos segundos, volverán a ser los de antes, los amigos, los amantes y los compañeros. Volverán a ser todo eso que el tiempo separó sin darles una buena razón.

   Qué linda, pensará él y querrá besarla. Antes, la idea de besarse en público no le agradaba pero aprendió que el lugar es lo de menos y que la compañía es lo importante. Entre recuerdos, miradas y comentarios, ambos olvidarán de bajarse del subte en sus respectivas paradas y un par de risas harán la situación más amena.

   Lo que ocurra después es asunto suyo. Él todavía no sabe si irán a tomar algo, si podrá caminar con ella de nuevo, o si ella se le escapará de las manos otra vez. Lo único que sabe es que si la oportunidad aparece, no la va a desperdiciar. Por eso toma el subte. Cada vez que se abren las puertas y suena la alarma, se abre una nueva oportunidad y suena ese “quizás” que lo alienta. Es una oportunidad remota, ínfima, pero una oportunidad al fin.

   El altoparlante anuncia que han llegado al final del trayecto. Se baja del subte y apunta hacia las escaleras. Ya lleva más de un año realizando esta misma rutina. Antes de salir de la estación, se da la vuelta y vuelve a mirar. Siempre hace un último recorrido, es su último aliento. Esta vez no es la voz interior la que le habla, es él, son sus palabras: “Quizás mañana”.

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