Hablemos de Juan

   Podría empezar diciendo que Del Potro es doble medallista olímpico, que ganó la Copa Davis por primera vez en nuestra historia y que ayer volvió a ganarle al mejor jugador de tenis de todos los tiempos en el US Open. No sería productivo y rozaría la falta de respeto. Todos ya sabemos lo que hizo.

   Quiero hablar de eso que Del Potro hace que nos llama la atención. Porque hay algo que hace que nos eriza la piel. ¿O no? Madrugamos cuando arranca el circuito en Australia e interrumpimos actividades por la tarde cuando es momento de jugar en el césped del All England. Festejamos a lo loco un tiro ganador y nos ponemos nerviosos cuando el rally empieza a estirarse.

   ¿Por qué hacemos todo eso? La respuesta es simple. Hacemos todo eso porque Juan no solo juega al tenis, sino que cuando juega al tenis habla. Entre cada uno de sus saques, Juan nos dice que es necesario caerse, que es normal perder y que es humano llorar. Pero lo más importante lo cuenta al tiempo que golpea la pelota con su temible derecha, porque allí sentencia que si es necesario caerse, levantarse es obligación.

   Entiendo que el maestro es aquella persona de la que se obtienen enseñanzas, y Del Potro es un maestro. Su pizarrón es de cemento y su tiza una raqueta. Cada vez que entra al aula deja escrito que quien persevera, triunfa y que quien tiene un porqué soporta cualquier cómo.

   Cuando vemos a Juan Martín vemos mucho más. Porque Del Potro es la esencia de Argentina. Es el ir a los tumbos, pero ir. Es plantarse frente a lo que venga. Es pelea, es coraje y es verdad. Juan es el trabajador que sale a las cinco de la mañana y vuelve a las once de la noche y es la mujer que no descansa.

   Ayer, Del Potro volvió a dar cátedra y venció a Roger Federer. Muchos dicen no poder creerlo. Mañana volverá a entrar al Arthur Ashe para medirse con Rafael Nadal. Lo que  ocurra allí es anecdótico, es un simple condimento. Lo que seguro no va a ser es heroico o increíble.

   Porque lo que lo que hace Juan Martín no es heroico ni increíble. Es, en cambio, merecido y digno. No me sorprende y tampoco me asombra. Si alguna vez lo escuchaste hablar, si lo viste llorar, si lo acompañaste, a vos tampoco debería llamarte la atención. Lo único que deberíamos hacer es silencio. Levantarnos de la silla, asentir con la cabeza y aplaudir. El maestro se encargará de hablarnos y nosotros de aprender.

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